Irán, civilización milenaria (IV): Un día más en las montañas persas

Amanece, que no es poco.

Y es que, pase lo que pase, al día siguiente siempre amanecerá. Otro día más, otra vez. Algo nuevo, algo no tan nuevo, pero al fin y al cabo, uno más. Y poder disfrutar de esto, es algo tan simple como maravilloso. Lo más maravilloso del mundo.

Aquella mañana decidí levantarme un poco más tarde de lo habitual de lo que uno suele hacerlo para subir a pistas, debido a factores tales como el agotamiento del día anterior, o el tremendo frío que haría pasar la mañana de una manera no muy agradable. Por suerte y gracias a la droga legal, el ibuprofeno alivió ese dolorcillo de cabeza que tan asustado me tenía, por si me impedía disfrutar al 100% este segundo día.

Y lo primero que uno hace cuando está en un hotel a pie de pistas dispuesto a ir a esquiar, es mirar a través de la ventana. Hay que verificar el tiempo que hace, si está soleado, nublado o si va a nevar, o tal vez si ha nevado durante la noche. Esto es para hacerse una idea de lo que nos espera arriba, pero tampoco puede resultar muy útil porque, ¿cuán de rápido no cambia el tiempo en zonas montañosas? Aún así creo que es rito obligatorio, mirar por la ventana, para ver que la nieve sigue ahí y nadie se la ha llevado.

Con una mano me restregaba los ojos mientras con la otra desplazaba las gruesas cortinas del balcón. Estaban calientes como un horno a doscientos grados; la calefacción estaba justo tras de ellas; no fui consciente de ello pero creo que tampoco había peligro para que las cortinas ‘se pegaran fuego’. Ahora ya puedo mirar a través de mi ventana. Increíble. Mi cerebro recibe un chute de endorfinas y a su vez adrenalina; el día parecía, aún si cabe, mejor que el anterior. Ni una sola nube en el horizonte, ni una. Un cielo azul, más azul que el propio océano. Y la nieve fresca e intacta sobre las laderas, esperando a ser surfeada.

Espabilé, me enfundé en el traje de nieve y bajé a romper el ayuno. Como comida más importante del día que es, pedí un desayuno digno de titanes para poder aguantar lo máximo posible surfeando. Soy de esas personas que puede engullir un elefante recién levantado. Y este tema la verdad que lo tengo bastante en mente, sobre todo cuando hablo con gente que me comenta que sólo puede tomar un café recién levantado/a, que según ellos, no les entra nada más. Y me gustaría que algún experto en fisionomía me pudiera cerciorar si esto és cierto, que hay gente que realmente no puede comer por la mañana. Sinceramente, yo creo que no, que todo el mundo puede comer por la mañana; otra cosa es la lavada de cerebro que lleven encima, o las costumbres raras que hayan tomado. Pero si de algo estoy seguro es que romper el ayuno es maravilloso y debe ser copioso si vamos a requerir de mucha energía para el desarrollo del día entero.

vaya mañana…

Después de este comentario haciéndome pasar por un pseudo científico del palo, sigo con el relato. Aquella mañana, mientras tomaba el desayuno, pensé sobre lo acontecido la noche anterior con el chaval-posible-espía-iraní. Amén de carecer de sentido, pensé que había quedado con él para bajar juntos a Teherán tras media jornada de esquí, es decir, a las 13:00. Pero eran las 09:30 y aún no estaba surfeando así que decidí que no estaría a la hora, pues habría poco tiempo para disfrutar mi último día en pistas. Y no me preocupaba el hecho de no poder bajar sin ayuda de un local; eso aquí es prácticamente imposible si tienes algo de dinero y buenas dotes de negociador.

Camino a pistas. Ya no me enganché de nuevo en el torno giratorio para entrar el área de esquiadores, ni en el de los propios remontes. Todo resultaba más fluido, aquel segundo día, pues ya me conocía la zona. Lo llaman adaptación al medio y todos disponemos de ello. Primero un remonte, después otro. Y no se cómo lo hice, pero entable conversación con una persona dentro del ‘huevo’. Desgraciadamente ya no me acuerdo de su nombre. Lo llamaremos “El esquiador”. De origen iraní, bajito, calvo, pero recio, cara de buena gente pero ‘ojito con él’, como buen persa adulto, estos son unos buenos negociantes. El diálogo entre nosotros se amenizó cuando El esquiador me comentó que vivía en Dubai. Yo le dije que también estaba viviendo allí. La diferencia es que él llevaba más de 15 años viviendo y trabajando en Dubai, yo apenas llevaba 4 meses.

Y rápidamente, como buen busca vidas que soy, le pregunté sobre su estancia, si iba a quedarse en pistas o volver a Teherán; le comenté que era mi último día. Él me dijo que también y le pregunté que a qué hora quería bajar. Él quería bajar pronto pero, como buen negociador que soy, le convencí para que se quedara hasta las 14:00 para así poder disfrutar de este único, maravilloso e irrepetible día de esquí en el mejor resort de esquí de Oriente Medio, Dizin. Esbocé una gran sonrisa y el sentimieno de alivio se apoderó de mi; me había quitado un gran peso de encima, buscar un medio de vuelta a la ciudad. Le vendí la moto, no me costó mucho convencerle, así que delante nuestro disponíamos de unas 4 horitas para hacer el cabra por la montaña.

Y durante todo este tiempo sólo había momento para el disfrute del esquí y snowboard, para nada más. Un momento perfecto para desconectar del mundo real, para hacer deporte y sentirte libre en medio de la naturaleza, para realizar aquello que amas sumándole que dispones de unas condiciones excelentes. Si la perfección existe, aquel día la encontré y estuve con ella un rato largo.

El esquiador y yo ibamos de arriba a abajo y viceversa. Los remontes, solitarios, cero colas. Las bajadas, con esas condiciones de sol y nieve perfectas, rápidas. Tan sólo nos detuvimos un tiempo en la cima. Nos detuvimos para hacer unas fotos al majestuoso monte Damavand, de 5700 metros de altura, que se veía con aún más claridad que el día anterior. Damavand y todas las montañas que le rodeaban estaban saturadas de nieve, haciendo de éste un paisaje increíble e inaudito, porque dicen que nunca había nevado tanto como este último año.

Y allí andaba yo, con mi compañero de esquí. A falta de amigos, toca buscar aliados. Él fue un buen aliado y yo fui su buen compañero. Aquella mañana nos reímos mucho. El esquiador y yo compenetramos bastante bien. Hablábamos de todo un poco, desde bromas sin sentido hasta la situación política del país y de cómo aconteció todo esto que estaba ocurriendo en Irán. Este tema es tan largo y delicado que mejor dejarlo aparcado para contároslo tomando unas cervezas. Lo que si que tuvimos fue alguna que otra anécdota graciosa.

Sabía que aquellos japoneses del hotel no tramaban nada bueno. Lo sabía, lo intuía. Aquellos relajados seres que estaban sentados día y noche  en la recepción del hotel, enganchados a un portátil, la liaron aquella segunda mañana. Subimos unas cuantas veces por un remonte que daba acceso a la parte más remota del resort de esquí, con abundante nieve virgen. Tras la tercera subida vemos que las lomas repletas de nieve ya no eran las mismas; habían 3 enormes desprendimientos, lo que vienen a ser aludes de nieve. Pero 3 casi seguidos uno tras otro.¿Y a que no sabéis quién lo había provocado? Sí, esos 2 cabroncetes. El trabajador del remonte nos avisaba cada vez que subíamos de no surfear por esa zona, que había riesgo de aludes. Nosotros como responsables que somos y para evitar el peligro, apenas nos acercábamos a esa zona. Pero se ve que los japoneses no lo hicieron.

Y dicho y hecho. Provocaron 3 aludes, uno seguido tras otro, a escasos 40 metros de distancia uno del otro, por intentar esquiar por una loma. La nieve llegó hasta casi la pista. El trabajador del remonte nos comentó muy indignado, que los japoneses habían hecho eso y que por favor le hagamos caso y no andemos por zonas fuera de pista. Está claro que los japoneses no son muy espabilaos, yo creo que no entendían una mierda de inglés paupérrimo del trabajador del remonte y como buenos orientales, sonreirían y le dirían que SI, asentando con la cabeza, pero sin entender una mierda, así que tiraron por donde les dio la gana. Tuvieron suerte.

¿Y por qué no hay fotos de esto? Pues sinceramente, aquel día era el último día. Y como no sabía, ni sé, si volveré algún día, aquel día lo exprimí al máximo, sin parar. No paramos ni para comer; todo el día a base de barritas energéticas y agua o bebida isotónica.

Íbamos tan a piñón que, en una de las subidas, a mi colega El esquiador se le olvidó ponerse los esquíes. Resulta que en estos remontes no desembragables, al menos con la tabla de snowboard, tienes que subirte a ellos con la tabla en las manos. Sinceramente no está muy bien preparado tanto las rampas de llegada como salida de los remontes para las tablas y es mejor tenerla en la mano. ¿Qué ocurre? En ciertas rampas de llegada existe una gran altura entre la silla y la misma,aparte que con la velocidad con la que llegas no daría tiempo a hacer una salida normal. Pues bien, en uno de esos remontes para bajar de él, tenía literalmente que tirarme contra la nieve y caer al suelo, con la tabla entre mis brazos, porque no había otra opción. Bueno sí, la de seguir enganchado hacia abajo, que miedo me daría pues la tecnología de esos remontes brillaba por su ausencia. El esquiador, con sus esquíes puestos y gracias a que ellos van de frente, pueden hacer u salida horizontal sin problemas, impulsándose con los bastones. No es un gran problema para ellos, mientras lleves el equipo puesto. Y él siempre se reía de mis caídas forzadas, pero esto no acabaría así.

¿Y qué pasó? El esquiador olvidó de subir al remonte con la equipación puesta. No se por qué, ni seguro él tampoco, por qué subió con los esquíes y bastones en la mano. Al breve tiempo de estar en el remonte se dio cuenta de lo que había hecho. Yo empecé a reírme y a decirle ‘te vas a enterar lo que es bueno’. El gran problema lo tenía él, pues yo sólo tengo una gran pieza la cual sustentar entre mis brazos al saltar pero, él dispone de 4 piezas (2 esquíes y 2 bastones) para coger entre sus brazos, algo bastante más aparatoso. El resultado fue que, tras la fuerte llegada a la rampa de salida, entre que El esquiador nunca había bajado de esa manera de un remonte a tal velocidad y que el tío era bajito y la altura entre la silla y el suelo era considerable, todo saltó por los aires. El esquiador hizo lo que yo llamo ‘el salto del ángel’; de tener todo cogido entre sus brazos y pecho a ver que no podía hacer nada y decidió abrir sus brazos al aire, de par en par, desplegándolos, haciendo que el material saltara por los aires desperdigándose por la zona de llegada. Y él se clavo bien clavao en la nieve… Muchas risas y un momento más que divertido, que seguro muchos de vosotros habréis tenido en la nieve.

La hora acordada para terminar la jornada de esquí se acercaba. Disfrutábamos de nuestros últimos paseos por la mejor nieve que jamas haya probado en mi vida. Marcábamos surcos, aprendíamos a surfear más aún por nieve virgen. Sensaciones únicas que llegaron a su fin después de mediodía. Mi cuerpo no daba más de si, mucha caña en tan poco tiempo y hacia meses que no realizaba deporte regularmente. Se puede decir que acabé más que satisfecho. Como bien digo, no tengo palabras suficientes para expresar mi emoción. Ambos volvimos al hotel, previo paso por la tienda de alquiler de material de snowboard, de los cuales me despedí de manera efusiva.

Estaba radiante de energía, a pesar de la paliza. La satisfacción y euforia del momento estaban por encima de todo. Acababa de cumplir uno de mis sueños; esquiar en sitios muy raros y remotos.

El esquiador y yo nos citamos en el lobby del hotel, después de recoger todas nuestras pertenencia y cambiarnos. Yo fui un poco más lento y él aprovechó para buscar un coche de vuelta a Teherán. Él habla farsi y trabaja en temas de comercio. ¿qué mejor que dejarle a alguién como él las negociaciones? Dicho y hecho, El esquiador consiguió que un coche nos bajara a los dos por el módicoprecio de 600.000 riales entre los 2. Increíble, yo pagué para la subida, yó solo, 500.000 riales. ¿Asusta, eh? En euros, no equivale a más de 25 euros lo que yo pagué por 2 horas y media de coche de las pistas hasta la ciudad. Con él pagué al cambio unos 14 euros. Aquí te sientes rico directa o indirectamente.

Ah, echo la vista atrás una vez más. Unas fotos, una sonrisa, una sensación de plenitud total. Atrás queda uno de los mejores días de mi vida.

No habíamos comido así que le comenté a El esquiador que parásemos en algún pueblo cercano para comer lo que fuera y seguir el viaje. Había que reponer fuerzas. Subimos al taxi y tomamos rumbo a Teherán. El taxi era viejo y horrible, amén de tener la luna delantera quebrada. El conductor tenía una pinta de chungo que te cagas, amén de que conducía la ostia de rápido. Me senté en la parte trasera del taxi y gracias a las chaquetas y demás bultos de ropa invernal pude hacerme una especie de cama-jaima. Pero este cabrón conducía realmente agresivo. Quería adelantar a todos, incluido él mismo. Tuve que decirle que ‘aguantara los machos’ porque quería volver de una pieza. El esquiador y el taxista se rieron, claro, se pensarían que el extranjero se estaría haciendo caca en los pantalones… Pues no, no era así. Simplemente quería un poco de tranquilidad. No quería irme acantilado abajo después de haber tenidouno de los mejores días de mi vida. Aunque estaba tan cansado que no se si hubiera reaccionado.

Cerraba y abría los ojos constantemente, en diferentes ritmos. Pequeñas siestas que se interrumpían con los volantazos de aquel cabrón. Por suerte bendije el tráfico de la autopista de entrada a Teherán y ya pude descansar tranquilamente mientras nos adentrábamos en la megápolis.

 Después de indicarle a El esquiador dónde tenía que dejarme el taxi, empecé a pensar. Ya había dormido algo en aquel largo trayecto de casi 3 horas y estaba más descansado. Pensé en qué hacer aquella tarde noche. Sí, aún tenía energías para hacer algo. Y más si aquel plan pudiera ser quedar con Primavera.

Primavera me dijo que la llamara a la vuelta, que a lo mejor podríamos hacer algo. Aún era pronto, alrededor de las 5 y algo de la tarde cuando ya casi estaba en casa. Tendría que llamarla tan pronto llegara a casa de Brero. Pero tardé un poco más de la cuenta debido a que El esquiador tenía que ir dirección aeropuerto y no entramos de pleno a la ciudad, así que me dejaron en una zona donde habían más taxis, para que yo cogiera uno de ellos e ir yo solo a casa de Brero. El esquiador le explicó al viejo taxista la dirección. Acto seguido nos despedimos, le di las gracias por aquel fabuloso día. Nunca se me olvidará.

Aquel nuevo taxista era el típico taxista iraní del que Brero me había hablado. Viejo, gruñón pero simpático a la vez… y se pasaba por el forro cualquier regla de tráfico que podáis conocer. Él estaba por encima de todos, incluso de la policía. Después de serpentear entre doscientos millones de coches, llegó a un semáforo en ámbar y la policía le dio el alto par no pasar; pues no os podéis imaginar cómo le increpó al agente de tráfico, ventanilla bajada, aspavientos y vete a saber lo que le estaría diciendo. Yo sólo quería no ser deportado. Este taxista era una mezcla entre cabrón y graciosete.

Tras esta mini aventura por el centro de la ciudad, llegué a mi destino, medio exhausto. Toqué el timbre, Brero me abrió y pude dejar mis pertenencias de nuevo en su habitación. Me esperaban 2 cosas; el móvil para enviarle un mensaje a Primavera y la genial cama hinchable para echar  otra siesta por si había que hacer algo a la noche. Escribí a Primavera  y mientras esperaba respuesta, hacía tiempo en el salón. Así de repente apareció un conocido de Brero y compañía. Subió con aromas exóticos, acto seguido mostró la bolsa con un contenido raro, hojas y bolitas verdes. Y algunos de sus colegas cogieron esas cositas y las liaron en un papel y … Oops, ¿Pero no es Irán un país super super restrictivo?

Primavera contestó al mensaje, a las 20.00 pasaría por mi, de nuevo, con su hermana y el novio de su hermana, para dar otra vuelta. Genial, me fui a dormir un ratito, lo que la cama hinchable me dejó. Me levanto, me ducho, espero un rato más debido a que siempre llegan tarde. Tocan el timbre. Con fuerzas medio renovadas, me dispongo a dar una vuelta con Primavera. No se dónde íbamos a ir esta vez, pero me da igual. El hecho en si ya era genial.

Juntos de nuevo, en la parte trasera del coche. La hermana conducía hacia no sé donde. Ella hablaba mucho, como de costumbre, con su novio. Yo a veces irrumpía entre el diálogo y les comentaba lo genial que me fue en Dizin. También hablaba con Primavera, a parte de hacer los tontitos, como si fuéramos quinceañeros. Me comentó el plan, el cual consistía en ir a un restaurante a las afueras de Teherán, situado en la carretera. Un gran restaurante muy bonito y con una comida excelente.Yo la creía. Confiaba en todos ellos ciégamente. Conmigo fueron maravillosos y hospitalarios. Nunca sabré cómo devolver el trato recibido.

Y de camino al restaurante, otra anécdota más. Irán dio para muchas anécdotas, vaya que si. De repente, en el panel de mandos del coche se ilumina la lucecita del agua del radiador. El Peugeot 206 se está quedando sin agua y por mucho frío y nieve que hubiera fuera, si un coche se queda sin anticongelante, explota. La hermana comenzó a hablar cada vez más y más rápido y más fuerte. Algo iba mal. Estábamos en medio de la autopista y por supuesto tuvimos que parar.

Unas cuantas llamadas de teléfono, entre verificaciones y comprobaciones ciegas del motor, pues no éramos mecánicos. Y aquí vi una vez más cómo esta sociedad es diferente a la cual estoy acostumbrado. El coche estaba tirado en la cuneta cuando de repente un camión aminora la marcha y para delante de nosotros; se disponía a prestarnos ayuda. Linterna, líquido anticongelante y demás para verificar qué le pasaba al coche. Descubren una pieza la cual falta, entonces deciden hacer un apaño casero de los manguitos para que no pierda agua. En eso que viene otro coche con 2 personas más y se paran también a ayudarnos. Todos quieren ayudar. Pero quieren ayudar tanto que entre ellos mismos se rallan y el camionero, que acaba hasta los huevos de no se qué, acaba marchándose del lugar. Nos quedamos un buen rato más sin solucionarlo; dicen que fue el camionero que tiró la pieza necesaria para poder hacer el apaño casero. Anduvimos un buen rato buscándola por la carretera pero no encontramos nada.

La nieve no paraba de caer, el frío se apoderaba de nosotros. No había calefacción y mis ropas no es que fueran las más adecuadas, exceptuando la chaqueta Columbia. Primavera y yo nos sentamos en la parte de atrás, casi obligados por la hermana, guerrera como ninguna, lidiando con todos, pues es su coche y tiene que encontrar una solución. Y es que estas mujeres, o al menos las que vi e interactué con ellas, son de armas tomar. Incluso desplazaba a su novio en los intentos por verificar el motor.

Mientras, Primavera y yo hacíamos los tontos alrededor del coche, dentro, fuera, pero no podíamos ayudar, pues al lado del motor ya había montada una buena reunión de personas, así que me dediqué a ella y sólo ella.

La hermana, cabezona como ella sola, al final, casi después de 1 hora (o más) arreglaron el problema gracias a los 2 chicos que se quedaron reparando el coche y pudimos continuar la marcha. Increíble fue este otro gesto que vi, la hermana quiso darles dinero y éstos se fueron literalmente corriendo y apartándole las manos con el dinero. He aquí un buen ejemplo de hospitalidad.

Nos moríamos de hambre y frío, pero por suerte estábamos cerca del restaurante. La decoración cargante, excesiva y hortera resultaba graciosa, a la vez que acogedora. Muchas estatuas persas y muñecos, riachuelos, y demás tonterías esparcidas por todo el restaurante, hacían de él un lugar diferente. Tomamos asiento y aquí comenzó el festín persa. Arroz y carne, ensaladas, bebidas, platos varios, te, shisha, etc.

Charlas, risas y buenos momentos. Nada malo si no todo lo contrario. La cena nos costó 50 euros los 4, pero pongo la mano en el fuego que ese menú en un restaurante normal cuatriplica el precio. Sobró demasiada comida, y es que a esta gente les encanta la abundancia… forma parte de su cultura. Todo un ritual, con te y shisha, del cual disfruté en la mejor compañía.

Abandonamos el restaurante y me vino a la cabeza que faltaba menos de un día para mi vuelta; esta era la última noche en Teherán. Primavera y yo sentados en la parte trasera del coche, nos mirábamos a los ojos. Ya apenas había diálogo. Primavera no podía estar conmigo más tiempo aquella noche, ella tenía que volver a casa entre otras cosas porque al día siguiente tenía algo que hacer por la mañana, un par de entrevistas, me dijo. Yo le dije que no tenía nada que hacer, ya que Brero y compañía iban a trabajar y mi única tarea era hacer la maleta antes de volver al aeropuerto.Entonces Primavera aceptó llamarme después de que ella acabara sus tareas, para dar una última vuelta por Teherán, así como comer por ahí y demás. Obviamente le dije que sí, que esperaría (ansiosamente) su llamada para verla una última vez.

Ya de vuelta a casa de Brero, en el portal, Primavera y yo nos despedimos efusivamente. Di las gracias a la hermana y a su novio por tan grata compañía. Aquella noche dormí bien, dormí agusto, caí rendido. Esta vez el colchón hinchable de mierda no impidió mi descanso.

Había disfrutado de uno de los mejores días de mi vida, y sabía que iba a verla una vez más. Sabía que íbamos a reir de nuevo, a comer juntos, a ‘surfear’ ella y yo, otra vez, tal vez la última, en Teherán.

2012-02-05 Teheran – Un día más en las montañas persas
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