Irán, civilización milenaria (II): dando una vuelta por Teherán

No, no es que hiciera un frío siberiano en la calle tal como para que, a pesar de estar bajo techo, se me helaran hasta las pestañas. Lo que ocurría era que el colchón, el cual estaba perdiendo aire ya casi rozaba el suelo, haciendo que la helor del mismo trepara por mi espalda hasta invadir todo mi cuerpo. Decidí usar la técnica de la croqueta, la cual consta en rebozarse y enrollarse entre las sabanas, mantas,  y todo lo que tengas encima, para finalmente quedar como un caramelo en un envoltorio. Gracias a esta técnica pude conciliar el sueño, después de aquel largo día. Pero nos levantamos pronto, era cerca de mediodía y para todo lo que había hecho el día anterior, no dormí las horas necesarias.

Aquel 2º día en Irán iba a ser más tranquilo que el anterior, en cuanto a fiesta se refiere. Pero nos movimos bastante por la ciudad. La ruta no fue para nada planificada, pues todo salió sobre la marcha. Primero tocaba limpiar todos los escombros generados por la fiesta del día anterior, fregar y dejarlo todo más o menos limpio para cuando viniera la señora de la limpieza, que le diera el repaso final. Pero vamos, creo que con lo que hicimos ya se quedó bien limpio. Joder, parte del suelo parecía la parte trasera de un sello mojado; a cada paso quedabas, te quedabas pegado. Y es que se lió parda aquella noche. Atrás quedaban los diálogos, risas, bailes, Primaveras y demás historias de la noche, las cuales, muchas de las noches son únicas porque no suelen repetirse, ya que siempre pasa algo diferente. Y si añades el detonante del tequila por en medio, éstás serán más únicas todavía. Si es que logras acordarte de ellas, claro.

Nos entró un hambre voraz. Nos encontrábamos en el primer día del fin de semana, el día santo (viernes) y la gente estaría ociosa, de ‘finde’. Decidimos ir a un restaurante muy famoso, con platos típicos iranís, pero al llegar, resultó estar abarrotado. Y es que los viernes, la gente aprovecha para quedar todos en familia o en grupo de amigos, para salir y comer/cenar algo. Es el día santo y por lo tanto el día libre de casi todo ciudadano de Teherán.

—— CORTE VACACIONAL ——-

Hola, he vuelto de nuevo, hoy es 3 de septiembre de 2012 y me dispongo a retomar de nuevo el blog. Cierto es que este viaje, realizado en febrero, queda lejos atrás pero en mi memoria aún conservo, si cabe, la mayor parte de los momentos que creo debo contar y darles una narrativa interesante, para que las palabras os envuelvan y os hagan sentir casi las mismas sensaciones que cuando yo estuve allí. Voy a ello.

—— VUELTA AL GRANO ——–

La gente paseaba ociosamente, hombres y mujeres, por la calle. Poca gente joven, tal vez muchos de ellos durmiendo, o vete a saber haciendo qué. Me hubiera gustado saber más sobré que hace la ‘juventud’ iraní (al menos de la zona Norte de Teherán, los más occidentalizados) en su día a día en este país. Pero vamos… me puedo imaginar que muchos de ellos harían lo mismo que hice la noche anterior; una fiesta privada en casa de algún amigo/a, más o menos relajada, pero fiesta. ¿Cómo era eso de que, más de 2 copas se considera salir? Jejeje.

Qué puto frío. O qué puto frío, comparado con Dubai; hasta el calor de Sevilla me parecerá de risa después del año en Dubai. 2 pares de calcetines que llevaba y unas zapatillas de primavera. Algo hicieron pero, ojalá hubiera tenido a mano mis botas de nieve. Pensaba en el frío cuando de repente…¡La ostia! ¿Qué es eso que veo? El cielo comienza a despejarse. La tormenta que ha sacudido Teherán por una semana ha decidido marcharse, dando lugar a nubes y claros. El cielo, azul. La vista, lejana, pues de tanto que ha llovido y nevado, la atmósfera d la ciudad se ha limpiado, haciendo desaparecer esa nube de polución, ese ‘sombrero gris’, que cubre la ciudad muy a menudo. Y de fondo, las montañas. Me asombro, me excito. Nervios, estaré allí en unas pocas horas… Las montañas de Teherán, repletas de nieve. ¡Qué coño, están a reventar!! 1 semana nevando, imaginaos, tanto los que sabéis de nieve como que no, lo que significa que haya estado 1 semana precipitando copos de nieve, uno encima de otro, sobre las altas y gélidas montañas de la región. Me cabrea no poder hacer mejor fotos, apenas tengo suficiente campo de visión como para ver la cordillera que rodea Teherán. Pero bueno, ya las veré más tarde. A regañadientes y sin realizar muchas fotos a las mismas, continúo la marcha y las fotos.

Seguimos andando un poco más y para variar, no paraba de fijarme en mi entorno a la vez que echaba alguna foto que otra, intentando sacar el mejor cuadro posible de lo que fotografiaba, haciendo un esfuerzo para que éstas salgan más o menos interesantes; la entrada de un parque, una parada de bus con publicidad para concienciar al ciudadano del uso del transporte público, gente trabajando, gente paseando. Edificios a cada cual uno más raro que el otro (arquitectura diferente), un modelo de coche de una conocida marca alemana igual al que se comercializa en Europa pero, con un nombre completamente diferente a la par que cómico, publicidad del ‘socio’ que les gobierna publicada en todas partes (edificios, carteles publicitarios, estatuas, etc.)

Nos detuvimos en una pizzería italiana y nos marcamos un menú. Los 4 estábamos hambrientos y sedientos, unos más que otros, después de la fiesta de ayer. A nuestro alrededor, chicos y chicas. Para mi asombro y comparando con los emiratíes, los persas se mezclan entre ellos, no como estos últimos nombrados, los cuales resulta tarea ardua verlos en grupos de hombres y mujeres (chicos y chicas) en alguna cafetería, centro comercial, o donde sea. Siempre verás blanco o negro. Cuando veas blanco y negro (refiriéndome a sus trajes autóctonos) es que están casados o que lo estarán. Qué duro debe ser, ser uno de blanco, o una de negro.

Por contra y conforme pasan las horas y veo a mi alrededor, los persas son diferentes. Poco a poco voy dándome cuenta que estoy en una sociedad normal y corriente, con sus comercios, tiendas, acciones del día a día y, lo más importante, con su gente. Esa sociedad, una sociedad aparentemente normal, que vive el día a día sin tener mucho en mente su pequeño problema (aquel que manda en su tierra y todo eso) que les restringe de algunas libertades. Aunque todos sabemos que hecha la ley, hecha la trampa. Y vaya si saben hacer trampas, se lo montan bien de espaldas a la ley.

Finalizamos nuestra deliciosa pizza italiana-iraní y Fernando y Jorge deciden volver a casa, están más que molidos por la fiesta del día anterior. Brero decide quedarse conmigo, para dar una vuelta por la ciudad y mostrarme los puntos de interés, que ahora iré contando. Y a día de hoy (os recuerdo que estoy redactando esto a principios de septiembre) y conociendo más a Brero, se que tuvo que hacer un esfuerzo titánico en levantarse temprano, ir a comer conmigo y, sin hacer siesta, irnos juntos a dar una vuelta por Teherán. Y es que el día anterior le vi como un tornado, revoloteando por la fiesta. Y yo ya he vivido con él en Madrid y se hizo famoso en nuestro piso compartido por sus ‘sobadas’ de más de 12 horas, cuando el día anterior, o la noche, eran largas y agitadas. Hasta una vez tuvimos que despertarlo enchufándole un altavoz al oído, con el sonido de una bocina ‘troll’. Y aún así yo creo se despertó antes por nuestras risas y ruidos que por la bocina en si. Compañero, cómo te gusta dormir y más después de una fiesta pero, a pesar de haberlo dado todo la noche anterior, ahí estabas conmigo, de paseo por Teherán. ¡Olé por tu proeza!

Anduvimos calle abajo, buscando un taxi para que nos acercara al gran bazar de Teherán. Un bazar donde antaño se movía más del 15% de la economía total del país, ahora le han restado poder y se han deslocalizado comercios y demás, pues eran tan poderoso que, según me han contado, si los comerciantes se ponían en pie de guerra, para protestar contra algo que no les gustaba y hacían huelgas, paralizaban la economía del país.

Y cogimos el taxi. A la aventura, en una enorme ciudad de más de 14 millones de habitantes, nos dirigíamos hacia el sur. Y de vuelta a la típica conducción iraní, de ir como locos y pasar a escasos milímetros entre coches, con la premisa de ‘si no se escucha golpe ni rozadura, es que todo va bien’. Pero no había tiempo para sentir temor por la conducción, pues a mi alrededor podía vislumbrar la arquitectura de la capital de Irán, junto con su gente y la vida diaria, aquello que tanto me fascina siempre que he ido de viaje, ver cómo viven en otras regiones distintas a la mía.

Con la cámara en mano y enchufada, haciendo fotos como podía, siempre que el taxi se ponía en los carriles de los extremos con visibilidad total de las fachadas de los edificios y aceras. Y conforme más bajas al sur, más auténtico es Teherán. Sumémosle a sus viejos edificios, la tristeza del otoño causante del desprendimiento de hojas de los árboles en las calles, mostrando estos sus desnudos troncos. A su vez, un frío seco, muy seco, como nunca antes había sentido, hacía que se me encogiera el alma, que se escondiera tras de mi. Pero la fascinación por el descubrir y ver cosas nuevas, hacen que todas las anteriores trabas pasen a un segundo plano, haciendo disfrutar de ese momento, un momento único.

Aterrizamos con el taxi en las cercanías del bazar. Por desgracia, el bazar no estaba al 100% abierto, pues el viernes, día en el que nos acercamos, es día santo y la gente libra. Algunos pocos comercios abiertos, gente paseando tranquilamente comprando dulces y postres de los puestos ambulantes. Vi también una tienda de alfombras persas, eché un ojo y tal vez me arrepienta de no haber preguntado precio, pues baratas no parecían.

Unos militares disfrutando del sol en sus caras, intentando creo, calentarse, pues el frío que hacía era importante. Y todo rodeado de carteles propagandísticos del régimen actual, intentando, por lo que veo, hacer que la gente sepa lo que hay.

Aún nos quedaban cosas por ver. Una de ellas, sobre la que siempre quiero conocer para tener referencias a la hora de visitar grandes ciudades y comparar, es su transporte urbano. Teherán posee una red subterránea de metro. ¿A que no os lo podíais imaginar? Pues sí, tiene una red de metro de 3 líneas y unas cuantas más en construcción, que hace que la vida sea más fácil ya que, moverse por una ciudad de 14 millones de habitantes no es moco de pavo; el tráfico de vehículos es infernal, como por ejemplo, las colas de 2 horas y media para entrar a Teherán capital, si vienes a trabajar a la ciudad y vives a las afueras de la misma. Un rollo Madrid pero a lo bestia.

Y de repente te vas dando cuenta que Teherán es una ciudad más, como muchas otras ciudades del mundo, donde la gente vive normalmente bajo sus costumbres y su cultura, y si no fuera por el régimen, seguro que serían la ostia. Porque un país que es el segundo exportador de petróleo en el mundo es mucho país, amén de su civilización milenaria, existente desde hace miles de años, les hace desde mi punto de vista, ser especiales.

Compramos el ticket y abordamos la estación, escogiendo la línea que nos iba a acercar hasta los aledaños de la Torre Azadi, alias la torre de la libertad, construida en 1971 haciendo honor al Sha (emperador de Irán) que fue derrocado tras el cambio al régimen islámico en 1979, conservando el monumento y nombrándolo torre de la libertad. Libertad, curioso…¿eh?

Hacia tiempo que no me sentía tan observado. Es más, creo que nunca me he sentido más observado que dentro de los vagones del metro de Teherán, donde Brero y yo eramos los únicos occidentales. Los únicos ‘blanquitos’ del lugar, en un día santo, pasadas las cinco de la tarde, dirigiéndose a visitar el monumento más emblemático de Teherán y rodeado de iraníes, clavando sus miradas en nuestros pálidos rostros. ¡¡Es que eramos los únicos!! Y para colmo, hablando en voz medio-alta, como ya sabéis hablamos los españoles, más alto de lo normal.

Descendimos del vagón para salir al exteror de la estación subterránea. Ante mis ojos, más regalos propagandísticos pro-régimen. “Obama asesino”, “Wanted dead or alive”, y algunos otros carteles, pegados por las paredes o colgando de postes. Curioso, ver en vivo algo que actualmente es presentado como conflicto a nivel mundial. Sí, estaba dentro de lo que ellos llaman ‘el eje del mal’, estaba ‘con los malos’. Pero desde mi punto de vista, no creo que sean tan malos. Los otros seguro que también serán igual de malos. Los transeúntes nos miran y se ríen, mientras hacemos fotos a esos carteles. Yo lo hago con algo de cautela, no vaya a ser que algo o alguien me caiga encima y me diga “Eh, chaval… ¿qué estás haciendo? ¿De qué bando estás?” Tenía un poco de paranoia mental pero vaya, a veces hay que correr riesgos, jaajajaj.

Echamos la vista al fondo y vemos que hemos salido bastante lejos de la torre, nos dirigimos a un taxista, éste nos recoge y nos acerca a la misma por apenas ‘cuatro duros’. Ante mis ojos el monumento se hace grande. Y junto con el paisaje de fondo, las altas montañas nevadas que rodean la capital de Irán, hace que el momento sea mágico. Caía el sol, ya era difícil sacar una buena foto con suficiente luz sin aumentar la ISO, quería retratar ese momento y lo hice lo mejor que pude pero, lo siento chavales, esa imagen quedará par mi retina.

La torre se ubica en una plaza en medio de una carretera; dicha plaza hace la función de rotonda de unos cuantos carriles y aún así, la congestión del tráfico es elevada. Nos disponemos a cruzar con el método iraní, que significa ni más ni menos que usar la predicción para cruzar Tienes que vislumbrar el futuro, ver los huecos que los coches que pasa y que pasarán te han dejado para ir avanzando pasito a pasito hasta cruzar la calle. Una aventurilla más.

Unas fotos debajo del monumento, unos saltos y más fotos. Inmortalizar el momento. Observar la puesta de sol, ver las montañas nevadas de fondo, donde iba a dirigirme al día siguiente. Contemplar la inmensidad de la zona, lo mágico del momento. Momentos únicos que nunca más van a repetirse.

Cae el sol, decidimos volver. No se si lo reflejé en párrafos anteriores pero, tenía una cita. A las 8 de la tarde Primavera iba a recogerme con su hermana, de nombre Jazmín, y el novio de ésta, para cenar en algún lugar de Teherán. Teníamos que volver lo más rápido posible, el cansancio post-fiesta hacía estragos y tenía que descansar un poquillo. Tras preguntar a dos millones de taxistas, al fin logramos convencer a uno que nos llevara a casa. Y es que estábamos lejos de cojones. Tan lejos que, durante el trayecto y tras cruzar un puente, dio tiempo a que se nos pinchara una rueda. Si señor, primer pinchazo en Teherán, primer problema con el coche (y no sería el último que tuviera). Nos detuvimos en un sitio curioso, justo en la unión de los carriles normales junto un carril de incorporación por la parte derecha, entre los dos, pisando zona de rallas. Por suerte no obstruimos mucho el tráfico, pero los carriles eran estrechos y algunos coches tenían que hacer malabares para pasarnos y no rozar tanto a nuestro taxi, como a los coches de los carriles adyacentes.

Y como no, decidimos inmortalizar el momento. Acojonados porque el puente temblaba que daba gusto, ¡menudo tráfico!

Tras un muy largo camino, con pinchazo incluido, llegamos a casa. Brero se retira a descansar y yo me dirijo a mi colchón que está a ras del suelo, donde la espalda se convierte en un bloque de hielo debido al frío, para descansar un rato antes de la cita con Primavera y compañía. Tras despertarme, ducharme y acicalarme, me senté con estos a esperar la llamada perdida de Primavera, que indicaría que ya estaba para recogerme. No me acordaba que en esta cultura también tardan; esto no es Europa y por supuesto si te dicen una hora, échale media hora más de retraso como mínimo. Impaciente me hallaba hasta que sonó el móvil. Me despido de Brero y compañía y me dirijo al coche de Jazmín.

El coche de Jazmín era un Peugeot 206 color gris. Un Peugeot más de los doscientos millones de vehículos marca Peugeot que hay en Teherán. Es increíble la cuota de mercado que tiene la marca francesa aquí. Y asombrosamente muchos de ellos son el modelo Peugeot 206. Me acomodé en el asiento de atrás del coche, junto con Primavera. Como conductora, teníamos a Jazmín y también estaba con nosotros Arash, novio de Jazmín, un gran tío, muy majo, que conocí en la fiesta de la noche anterior y que, entre otras cosas, me hizo de ‘Wingman’ para que Primavera y su hermana tardaran en irse y así tener yo más tiempo. Jeje.

No sabía donde íbamos, pero me daba igual. En estos casos es lo mejor que puedes hacer. Que alguien local, nacido allí, te lleve al sitio que él quiera. Sobre todo cuando se trata de países como estos, los cuales brillan por su falta de comunicación con el exterior y realmente uno no sabe qué es lo que se puede encontrar en él hasta que no está allí. Nos dirigíamos rumbo a un restaurante al norte de Teherán, donde termina la civilización y empiezan las montañas. Risas, charlas y demás, en el coche. Jazmín hablaba por los codos con su novio; ella habla si cabe más que yo, pero hablaba en farsi así que no entendía nada. Era como si estuviera recitando un cuento, pues no paraba de hablar. ¡Y para nada me molestaba! Amén que la lengua farsi suena muy bien (al menos el farsi con acento de Teherán), yo iba a mi rollo con Primavera; ella me enseñaba frasecitas en farsi del rollo ‘te quiero’ y otras bobadas, las cuales yo repetía como un loro y con ese toque de humor añadido que le otorgo, el cual muchos de los que me conocéis os podéis hacer una idea del ‘circo’ que puedo llegar a montar con 2 simples frases. Primavera se partía de la risa.

Llegamos al sitio, en el punto más alto de la ciudad, con las laderas de la montaña forradas con pinos y algo de nieve a nuestras espaldas y de fondo, la ciudad iluminada de Teherán. Aquella zona era como el típico sitio de montaña, con casitas de piedra por calles estrechas. Un fuerte y agradable aroma de carne a la brasa y gente yendo y viniendo de un lado a otro, todos con mismo propósito: evitar el increíble frío de aquellos días en un restaurante cálido para cenar y relajarnos, pasar un buen rato.

Yo estaba encantado de estar por allí, apenas tenía siquiera que pensar, tan sólo disfrutar. Con la mejor compañía posible, adentramos en un restaurante donde un gran fuego iluminaba la cocina a mano derecha que, junto con el delicioso olor de la ternera a la brasa, hacían de ese lugar una apuesta segura para ponerse las botas con la mejor comida iraní. Nos sentamos en una alfombra, en el suelo y como todos hacen, nos quitamos los zapatos. Cojines y almohadas a nuestros lados para estar tirado al más puro estilo persa, mientras esperamos la comida, té y shisha.

Me preguntaron qué me gustaría comer; les di el poder de la elección, pues a mi me gusta todo, excepto la coliflor hervida, alimento el cual odio a muerte. Algunos compañeros de beca os podrán contar las veces que, cuando bajábamos al restaurante de las Emirates Towers, donde solíamos comer, comentaba a los camareros y cocineros que la coliflor es un alimento que no debería existir en la tierra y que por favor me dieran una hoja de sugerencias para escribir que eliminaran la coliflor de ciertos platos que ellos servían a la hora de comer.

Y llegó la hora de disfrutar, de charlar, de las miradas cómplices con Primavera y de ver cómo una vez más no puedes mostrar afecto, porque estás en un país con el régimen que ya sabéis cuál es y hace que todo afecto entre personas deba de ser puertas hacia adentro, algo que según yo pienso, es antinatural.

El menú estaba escrito íntegramente en farsi así que ni siquiera supe lo que pidieron, pero básicamente y como toda comida iraní, ésta se basa en algo de verduras, carne de ternera y pollo y arroz, amén de más cosas, pero eso es lo básico. ¡Y qué rico estaba! Y bebí un poco de té, con poco azucar, al estilo iraní, amargo como él solo. Y la shisha, ¡qué rica estaba! En el jarrón de cristal no llevaba agua sino algo diferente, era líquido de color  blanco, tal vez agua mezclada con leche, o vete a saber. El caso es que todo estaba riquísimo. Compartíamos la shisha mientras hablábamos y me comentaban cositas acerca de su cultura y sus costumbres.

Se acercaba la medianoche y todos teníamos que irnos, principalmente porque el restaurante cerraba. El camino de vuelta fue largo, pero a mi me daba igual. Es más, incluso mejor, así podía pasar más tiempo con Primavera, en aquella parte trasera del coche, la cual fue nuestro sitio más íntimo. Nunca olvidaré su mirada, aún más bonita si cabe gracias a esos ojos. Y su ternura, la cual hacía que me sintiera muy confortable junto a ella. Y de repente recordé que el amor aún existe, al menos en Irán.

La invité a venir conmigo a la estación de esquí pero, una vez más, esta cultura impiden de manera ridícula una relación entre 2 personas; para que un hombre y una mujer compartan habitación en hotel, han de estar casados o de lo contrario no está permitido que duerman juntos. A su vez, ella trabajaba, así que fue imposible que viniera a la nieve.

¿Pero sabéis qué? Mejor, porque hay ciertas cosas que no puedes hacer con tu amada, ya que eso que vas a hacer mientras ella está ahí también es tu ‘otro amor’, y ella se puede enfadar. Esta vez mejor que Primavera no se viniera, pues tocaba una cita, de nuevo, con mi verdadero amor, de nombre nieve, en el sitio que siempre solemos elegir para vernos, la montaña. En un lugar único, en una estación de esquí llamada Dizin, a 2 horas de Teherán, dirección norte. En Irán, el país en el que nunca pensé que iba a visitar pero por circunstancias de la vida, aquí me hallo.

Me despedí de Primavera y los demás, con la mente más puesta en el día siguiente que en el momento. Tenía que preparar toda la maleta con la equipación de nieve, dormir y salir ‘pitando’ de allí a las 6 de la mañana, hora en la cual tenía una cita con el taxista de la agencia de taxis con los que había acordado el desplazamiento desde Teherán hasta la estación de esquí.

Llego a casa y Brero y compañía no estaban. A pesar que me dijeron que vendrían conmigo a esquiar, vi que no estaban muy por la labor pues, era más de medianoche y aún no habían aparecido por casa. Llamo a Brero y su tono de voz le delata, iba medio pedo. Otra fiesta más. Esta vez estaban en el bar de un canadiense donde sirven alcohol. Si, señores, en un país donde está prohibido el alcohol tanto la venta como su consumo, allí servían. Y el canadiense no se cortaba, según Brero me contaba. Has de conocerle tan sólo un poco, para que te sirva alcohol de estraperlo. Lleva muchísimos años en la ciudad me dice, y ya todos le conocen, sobre todo los expatriados. Y es que siempre existirá una vía de escape, porque al campo no se le pueden poner vallas.

-“Ya si eso y tal vamos mañana, nos levantamos y vamos juntos, pero que si vemos que llegamos tarde y nos liamos y tal y cual, a lo mejor no” -Me comenta Brero por teléfono.

¿Está claro, no? ¡jajajajajaj! Pero a mi me daba igual, ya estaba concienciado para subirme por mis propios medios ahí arriba. A disfrutar de nuevo, con mi amada, nieve, esta vez a unos 5500 kms. lejos de casa. Porque a veces no hace falta compañía en ciertos sitios, porque a veces una desconexión es necesaria. Porque cierto tipo de deportes es mejor practicarlos sólo que acompañado, pues cada uno lleva un ritmo. Ansioso me retiré a la cama, para dormir unas pocas horas antes de levantarme y comenzar lo que sería mi tercer día en Teherán, el mejor de todos ellos. Ella, la montaña y yo.

Mención especial a mis amigos que les gusta el Snowboard; ojalá hubieran estado aquí conmigo disfrutando este maravilloso momento que yo iba a vivir en unas pocas horas. Besos y abrazos a todos/as.

Enlace al álbum de fotos:

2012-02-03 Teheran – dando una vuelta por Teherán
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