Irán, civilización milenaria (I): Un primer y largo día

Embarcábamos en el avión, previo ritual de hacer un par de fotos a los ‘tickets’ de avión y subirlas al Facebook, indicando en mi absurdo estado, el cual no sé si le importará a mucha gente, que me piraba de viaje una vez más. El vuelo lo iba a realizar con Qatar Airways (mejor compañía que Emirates, por supuesto) y hacía una pequeña escala en Doha, capital de Qatar. Era el billete más barato con diferencia de otros y, os recuerdo que somos becarios y podemos con todo, hasta con escalas de un millón de horas, entre vuelos.

El vuelo comenzó aproximadamente a la 1 de la madrugada y, si bien es cierto que no pensé que iba a dormir mucho, tampoco imaginé que me iba a ser imposible dormir; ya dentro del avión, vi que me tocó el premio gordo, madre con hijo pequeño, justo detrás mía. Unas cuantas filas más atrás, otra madre con su hijo (o hija) también se preparaban para dar la noche en el avión. No se qué ostias pasa con los niños en los aviones. Es como si de repente, les apretarán un botón y éstos empezaran a actuar de modo ‘diabólico’, con energía ilimitada, llorando, moviéndose, pataleando, chillando y llorando más y más.

Si a esto le sumas que estas maravillosas madres pasaban de sus hijos bastante, tenemos la combinación perfecta. Una máquina de generar ruido estridente, con permiso total para llorar y gritar, haciendo que el viaje se convierta en lo más incómodo que te puedas echar a la cara. ¿Es que a ninguna madre se le ocurre decir al niño o niña, que aparte de él, hay más gente en el avión y es de mala educación hacer lo que está haciendo? Y aunque sea muy pequeño, seguro que algo capta, que son muy listos. En vez de esto, una de las madres se dedicaba a taparle la boca (a veces) al niño. La otra madre, ya ni me acuerdo de si le decía al niño que se cayara o no. Sólo se que usé los cascos como orejeras para no escuchar tanto, y también me lié una especie de bufanda a la cabeza, que la mujer mayor que estaba sentada a mi lado, extrajo de su abaya (el vestido negro que llevan las musulmanas) y me la prestó; me vio tan agobiado que me la ofreció para taparme, mientras me miraba y asentía con la cabeza que la situación era muy molesta. Sólo sé que quería descansar un poco por la noche, pues esa misma mañana me hubiera gustado levantarme fresco para ir a hacer snowboard. Pero no fue así.

Después de una escala, algunas turbulencias y un par de horas largas; llegué al aeropuerto de Imam Khomeini International Airport, a las afueras de Teherán. He de decir que una extraña energía me invadió en aquel momento. Si ya de por sí soy ‘un culo inquieto’, imaginaos cuando una inyección de energía generada por la incertidumbre, emoción y ansia de conocer un sitio nuevo, que apenas has oído hablar sobre él y lo poco que has leído/oído no es de agrado, envuelve mi cuerpo y mente. Con los ojos abiertos como platos, desembarqué en dicho aeropuerto y me dirigí a recoger la maleta. Salió mojada y muy fría. Bienvenido al invierno de verdad.

Mientras esperaba la maleta, alzaba la vista y me fijaba en la gente de mi alrededor. Ellas, con una especie de bufanda que les tapa la cabeza, pero se les permite asomar el flequillo. Ellos, nada que ver con los árabes. Son persas, y son diferentes. Desde mi punto de vista, ellas son más guapas y ellos son hombres normales y corrientes, alguno que otro igual de cejijunto que los árabes.

Un aeropuerto antiguo, pequeño y curioso. Luces tenues, el silencio como norma general, un ambiente raramente tranquilo. Y ahora es cuando uno piensa, ¿qué cojones hago después de recoger la maleta? Haciendo caso de las indicaciones que Miguel, mi amigo y también becario de informática en la oficina de Teherán (Brero de aquí en adelante) me dijo, no me fue nada difícil encontrar alguien que se ofreciera a llevarme a la capital de Irán. Con mi pinta de guiri y una hoja con la dirección de casa de Brero impresa en ella, tendría una suculenta pieza de caza mayor para los estafadores; me abordaron un par o tres transeúntes a los pocos segundos. Mi confianza y nivel de regateo, ya forjados en Dubai, hicieron que no titubeara demasiado y me decanté por elegir al primero de ellos, el cual le dije que le pagaba 20 dólares desde el aeropuerto a mi destino.

Él me dijo 25, yo 20, y así estuvimos negociando durante todo el camino del aeropuerto a casa. Esta persona, la cual se identificó como un policía del país al que no le llegaba el sueldo para mantener a su familia y tenía que hacer de taxista, fue la que me llevó a casa de Brero. De estatura media, pelo medio-largo negro y ondulado, pantalones vaqueros, chaqueta de cuero, jersey de lana y zapatos con suela de goma gruesa. Y así el 90% de los hombres en Teherán, hombres con un estereotipo y vestimenta similar a la de los años 70-80. En este país es como si todo hubiera quedado congelado, detenido en el tiempo, hace 40 años, cuando ocurrió el cambio de gobierno.

Su antiguo coche no me generaba mucha confianza pero, a su vez, me fiaba de él, o me tenía que fiar de él, por huevos. Me agarré a un clavo ardiendo. En este caso el clavo ardiendo es la seguridad del ciudadano, que predomina en los países islámicos. Esto que hice, no creo que pudiera haberlo hecho en otras partes del mundo, donde en algún lugar, seguro, me hubieran robado hasta las pestañas, nada más aparecer sólo por el aeropuerto. Con la calefacción a todo trapo, evité que me quedara congelado, ya que después de venir del calor dubaití uno se hace al calor y soporta menos el frío, y para más inri estaba lloviendo (agua-nieve) y cero grados exterior. Mi mente proyectó una imagen de la estación de esquí nevada y recibiendo un glorioso paquete, dispuesto a ser desvirgado por mi tabla de snowboard, sonreí y el frío me importó menos.

El ‘policía-taxista’ sacaba pipas del bolsillo de su antigua y mugrosa chaqueta de cuero, me las ofrecía y yo las comía con gusto, tenía más hambre que el perro de un ciego. Eran las 4 de la mañana y me quedaba 1 hora de camino. El taxista apenas hablaba inglés, y las veces que lo intentaba, yo desistía, pero de manera agradable, por supuesto; un diálogo de besugos acojonante, pero a la vez gracioso, porque el tío se reía, y yo también. Y, aleatoriamente, me soltaba la frase de ‘please, 25 dolar’ y yo le decía:’no, 20, I am not rich’. Que no soy rico, ¡cojones! ¡Que soy un becario, aprendiendo del oficio de la vida, entre otros asuntos!

Durante el trayecto, intenté dormir pero, la emoción y la inquietud de saber que estaba en un país conflictivo, hacían que no pudiera conciliar el sueño y me fijaba en todo lo que había a mi alrededor, y más. Atrás quedaban las bromas de la oficina con Raúl, ex-becario y que ahora trabaja ubicado en el CDN. No pasaba día que me soltaba un ‘olé tus cojones’. Y es que por aquel momento (Febrero 2012) salían noticias cada semana sobre los movimientos de tropas de guerra por el mar arábigo y todo el golfo pérsico, y también del embargo bancario mundial al que ha sido sometido el país. Claro está que no invitaba amablemente la situación a visitar Irán, imagínaos que llego a despeinarme por la onda expansiva de una bomba nuclear, no mola, ¿verdad?

Pasamos cerca de una enorme mezquita muy chula; lástima que hasta aquí no hiciera fotos. Era de noche, y el coche se movía mucho. Y cuando digo mucho, es mucho. La autopista, si es que se le puede llamar así, estaba castigada por el paso de los años y por vete a saber qué. Llena de agujeros, de charcos de agua del tamaño de un lago; no había momento divertido en el que o botabas, o hacías ‘aquaplanning’. Pero el ‘policiataxista’ controlaba, vaya que sí, y fue un viaje emocionante. De repente luces y algo más de tráfico, entramos en Teherán. Sí, todo esto por intuición, digo yo que sería la ciudad porque ya empezaba a ver calles, puentes, luces de colores en los puentes (les gusta mucho decorarlos) y algo más de tráfico. Y más agujeros y socabones repletos de agua, perfecto para seguir disfrutando del ‘aquaplanning’.

Deciros que el tío no tenía ni pajolera idea de dónde vivía Brero y tuvimos que ir preguntando a transeúntes que deambulaban por las calles de Teherán, a las 4  y media de la madrugada, con una lluvia y un frío de cojones. Estos momentos para mi fueron increíbles. Estas son las aventurillas del S.XXI, a las que un mortal puede tener acceso. Y las recomiendo encarecidamente, aunque si bien no todo el mundo tiene este perfil de busca vidas y ‘echao p’alante’, otros sí. Pero creo que, la mayoría de expatriados tenemos este mismo perfil, con mayor o menor nivel de ser intrépido y deberíamos viajar a algún país ‘raro’ en algún momento dado. Porque, desde mi punto de vista, hacer más es vivir más y, por lo tanto, aprendes más.

Telefonazo a Brero, y notando la sangría que el Roaming produce en los saldos de los teléfonos móviles, hablé con él; ya estábamos cerca. Milagrosamente,  a la 5 de la madrugada, encontré su casa. Brero me esperaba, bajó con la cara de aún dormido, ataviado con una chaqueta y el pijama debajo. Aquí el taxista fue listo, sabía que en esta zona de Teherán la gente es más rica que en otras y empezó a rallar a Brero con la cifra de 25 dólares por trayecto, que le hacía falta el dinero. Yo le dije que no, que ni de coña, que lo negociado fueron 20 dólares, pero Brero cedió.

– ‘Pero tío!’ ¿Por qué? – le digo
– Es que me estaba agobiando…
– Aaahh, tendrías que haberme dejado…

Más adelante, en su viaje a Dubai, Brero descubriría por qué no hay que ceder y cómo mis habilidades de negocio y regateo aumentaron a niveles insospechados.

Él tenía que levantarse en un par de horas para entrar a la oficina. Rápidamente, me explicó los detalles de todo lo necesario. Al lado de su casa había una agencia de taxis 24 horas, la cual me mostró y me presentó ante ellos, ya que esa mañana tras dormir un poco, quería subir a la pista de esquí cerca del norte de la ciudad. Esta agencia de taxis me dio la vida e hizo que fuera capaz de moverme donde quisiera.

Ya en su casa, enorme y diáfana, con 3 habitaciones y 2 baños, se auguraba algo genial para esa misma noche del jueves a las 20.00; había convocada una fiesta con motivo de la despedida de Jorgue, su amigo brasileño. Son las 5 y media de la madrugada, Brero dispone de una cama hinchable, la cual iba a crujir de lo cansado que estaba, hacía un frío del carajo, la calefacción en su habitación no funciona bien del todo y las ventanas no son herméticas pero, os recuerdo una vez más, ¡¡SOMOS BECARIOS Y PODEMOS CON TODO!!

Antes de irme a la cama, me hago millonario. Me refiero a que Brero me da los dos millones de riales iraníes que iba a disponer para el inicio de mi estancia. Por aquel entonces, un euro equivalía a 23.000 riales aproximadamente, o 2,3 ‘tomanes’, palabra que usan para las transacciones monetarias. Y es que es más cómodo hablar en unidades que en millares o millones. si tienes un billete de 50.000 riales (2 euros), ellos dicen 5 tomanes (quitar 4 ceros). Me costó un poco pillarlo, no os lo voy a negar.

Me tapo, me echo por encima un par de toallas e intento conciliar el sueño, pensando en que tenía que levantarme cerca de las 10 de la mañana para intentar subir a la pista de esquí llamada Tochal, justo en el norte de Teherán, para el primer contacto con la nieve. Y aquí pequé de novato.

Dormí lo que pude y lo que mi cabeza pensante me dejó; a las 11 me levanté y me dirigí, con la ropa de nieve (idónea para el momento pues el mercurio no apuntaba en la calle más de 2 grados) a la agencia de taxis. Y qué rabia me da olvidarme del nombre, pero mi primer desplazamiento fue  con un chaval joven iraní, que hablaba inglés bastante bien; llamémosle el taxista joven. El taxista joven me preguntó si tenía hambre, le dije que por supuesto si no, no podría esquiar.

Nos acercamos con el coche a una especie de centro comercial y me indica un sitio para tomar café. Eran las 11 y media de la mañana y la vida en la calle iba apareciendo, cada vez más y más gente en su día a día. Y es que en una ciudad con 14 millones de habitantes, ¿cuándo no dejas de ver  gente? Muchas de sus miradas se fijaban en mi, y en mi atuendo  que en esta ocasión era para practicar snowboard. La gente pensaría algo como: “¿Pero a este tío que se le ha perdido aquí?” y (aquí dejadme soñar) seguro que algunas de ellas pensarían: “Vaya vaya, un extranjero, qué interesante…”

Cafetería normal y corriente, como las de toda la vida, con su café, pasteles y demás bollería. Chicos y chicas juntos. Ellas con la bufanda tapándoles el negro y largo pelo. Me asombro y veo más interacción aquí que entre personas en Dubai. Empiezo a ver a un pueblo normal, con gente normal, actuando de manera normal. Creo que el norte de Teherán es la parte más ‘occidentalizada’, o la menos influida por su religión. En ningún momento me sentí extraño. Tras el café con leche y bollería, invitado por el joven taxista, nos apresuramos a volver al taxi y pusimos rumbo al norte de Teherán. Impaciente me hallaba para llegar. Y haciendo fotos de cada lado de la calle, de todo lo que veía era nuevo para mi, algo fascinante.

Ellas, muy guapas. Qué ojos, y qué rostros. Chicas, ¿no habéis pensado alguna vez en haceros las cejas rectas o de punta hacia arriba? Qué exótico todo.

Aquí se lleva el copiar marcas de grandes multinacionales, e incluso fusionarlas, veáse el logotipo de Hardee’s (burguer americano) y KFC, llamándole SFC (Superstar Fried Chicken) con el logotipo de Hardee’s y la tipografía de KFC. ¡La risa!

Quien promovió todo el cambio, aparece una y otra vez por la ciudad. Propaganda, a tope.

Y ya, por fin, nieve. Atónito yo, ante mis ojos, ella hacia presencia. Montañas completamente nevadas, nieve por las calles. No cabía en mi mismo. Una sensación indescriptible. Un sueño se estaba haciendo realidad.

A pesar de que dudábamos si la pista estaba abierta o no, me dio igual. Decidimos probar suerte. Lamentablemente, recibimos la mala noticia; esta estación de esquí no es muy grande (parecida a las estaciones de Valdelinares o Javalambre) Y no dispone de un horario a tiempo completo como me imaginé que tendría; estaba cerrada pues solamente abrió esa misma mañana. Vaya, Sergio, ¿no pensaste que estabas a 6000 kilómetros de casa y tal vez las cosas funcionen un poco diferente a las de tu país? No obstante, el viaje no fue en vano. Unas cuantas fotos, tocar la nieve, ver cosas nuevas, respirar aire frío (cosa que hacía tiempo no hacía).

Y sí, me jodió bastante no haber subido esa mañana, hubiera sido genial, el primer contacto con la nieve. Pero bien es cierto que hacía mal tiempo y seguro que arriba no se vería nada. Me deleité con el paisaje, mirando hacia el horizonte y vislumbrando Teherán de arriba a abajo, pues estábamos en una de las zonas altas de la ciudad.

Un ameno trayecto con el taxista, el cual me hacía muchas preguntas, entre ellas la típica de la zona: si estoy casado. No, joder, no estoy casado. Eres la persona un millón doscientas cincuenta mil veintiocho que me lo pregunta. ¿Acaso tengo cara de casado? Qué importante o qué impositivo, es en su cultura, el casarse. Diferencias culturales, somos lo que nos rodea.

Tras unas cuantas fotos, cogimos de nuevo el coche y volvimos a la oficina, cerca de casa de Brero. Éste estaba todavía trabajando, y aproveché para ir a ver la oficina comercial en Teherán. Cogí otro taxi y dirección en mano, me llevó. Ubicada en una antigua casa de más de 2 plantas, jardín, piscina (no utilizable) y demás lujos ‘a la antigua’, su pintoresca construcción de los años 60-70 le dan un aspecto característico y junto con el gris invierno, nos sentimos como si hubiéramos viajado en el tiempo, retrocediendo unos 40 ó 50 años atrás. Realmente te sentirías en otra época, si no fuera por los móviles, televisión o Internet.

Tras charlar un rato con la gente de la oficina, conocer a Fernando y Javi, sus 2 compañeros de piso, y comer un plato típico persa, que consta de arroz y carne, llegó el fin de jornada laboral, que daba paso al disfrute del fin de semana, el mismo que tenemos en Dubai, viernes y sábado. Tocaba preparar la fiesta de la noche. Despedida de su amigo Jorge.

Y yo me preguntaba cómo conseguirían el alcohol, y lo que no sabéis es que hay un gran mercado ‘underground’, un mercado negro, el cual puedes conseguir de todo. Y cuando digo todo, es de todo. Pero esto es otro tema y no vamos a profundizar, no sea que me entren las fuerzas especiales un día por la ventana, tras publicar algo en el blog.

Una compra en el supermercado, unos refrescos, snacks, a un precio de risa, la vecina que preparó unos platos típicos persas. Tenía que dormir; son las 17:30 y acordaos que mi día había empezado el miércoles y, después de currar todo el día, tener que preparar la maleta, haber tenido la confrontación y el rifi-rafe con mi ex-compañera de piso, haber cogido el vuelo a las 01:00 am (ya es jueves), no haber conciliado el sueño en el avión debido a los maravillosos niños, haber  viajado en el taxi con las condiciones meteorológicas adversas y la carretera más peligrosa del mundo, haber llegado de madrugada a casa de Brero, haber intentado echar una cabezada de 6 a 10 AM despertándome cada media hora para  irme fresco a la pista de esquí, haber llegado a la pista de esquí y ver que estaba cerrada, volver de nuevo e ir a la oficina comercial, comer y volver a casa andando, hacer una pequeña compra para la fiesta, estaba rendido. Pedí tiempo muerto y logré dormir otras dos horillas, que me dieron la vida.

eran cerca de las 20:00 y ya habíamos retirado todos los muebles del gran espacio diáfano que tiene la casa. La cocina y salón es todo uno, separados por una barra americana, y el espacio es ENORME, lo corroboro. En la anterior fiesta que se celebró, Brero me contó que tal vez habrían unas 60 personas, ¡en un apartamento! Se les fue de las manos. Y viendo las fotos lo corroboro también, menudas caritas.

Esta fiesta no iba a quedarse corta y retiramos de nuevo todo mueble para dejar un gran espacio. Mesas y sillones, pegados a la pared, para que se sentaran alrededor del gran espacio generado. Las enormes alfombras, directas a la habitación de Brero,

Y a las 20.00, poco a poco iba llegando gente, a cuenta gotas. Parecía que no arrancaba, pero se iba llenando de gente cada vez más y más. El equipo de música ya estaba preparado, para liarla. ¿Policía? Es igual, a los expatriados no les hacen ‘nada’, mientras no quemes la casa o algo similar, por supuesto. ¿Pero qué tiene de malo tener un poco de juerga en fin de semana? Gracias a dios que los vecinos no se quejan. Realmente no tiene que ser nada agradable lidiar con la policía de un país como éste. Aunque, por suerte, con los expatriados hacen la vista gorda, son algo más permisivos que con sus conciudadanos.

Me presentaban a todo aquel que llegaba, un gran esfuerzo en memorizar nombres, si cabe, imposible. Y me sorprendió que no todos eran iraníes; también había mucho expatriado de diferentes partes del mundo. Hasta cubanos, señoras y señores. ¡Un cubano en Irán! Y no solo uno, sino dos. Al final de la noche me encontré con otro cubano, el cual me alegró bastante saber su opinión respecto a mis bailes. Si bien llevaba desde que aterricé en Dubai bailando 3 veces por semana, o más, mi técnica y estilo habían mejorado, hasta tal punto de ser catalogado como cubano, por un cubano. ¿Por qué? le pregunté. Él respondió: ‘Compañero, ¡te mueveh como mih hermanos y amigoh de Cuba!’ Esbocé una gran sonrisa y seguí haciendo el moñas por la fiesta.

Y también habían chicas, vaya si habían. De todos los países pero abundaban ni más ni menos que persas, con esos rasgos tan característicos y esa belleza iraní, única en el mundo. Curiosa me pareció su manera de entrar a las fiestas pero claro, es por imposición. Aparte que era invierno, ellas no pueden mostrar carne, sólo pies, manos y un poco el flequillo de su pelo. Venían tapadas hasta las cejas y, conforme entraban por la puerta, no saludaban a casi nadie, sólo al que les abrió la puerta y, acto seguido, corrían al aseo, o habitación, con el detalle que llevaban un gran bolso en la mano. Chicas rápidas donde las haya, 10 minutos más tarde, salían vestidas como cualquier chica occidental en plena noche de fin de semana, incluso vi alguna falda cuya anchura era inferior a alguno de mis cinturones.

Ahora sí, ya estaban preparadas para saludar, sonreír y mostrarse al público. No hay problema sin solución. Ese bolso guardaba algo más que el típico universo de mujer; ¡la muda de fiesta!

La noche transcurría, la gente se animaba, algunos empezaban ya con los ‘shots’ o chupitos, como bien queráis llamarlo. La cocina era un hervidero de gente, sirviendo copas a tutiplén. Un muy buen ambiente, bastante diálogo con los asistentes de la fiesta y algo de baile. Le dije a Brero que por favor, seleccionara alguna canción de música latina, salsa, bachata; aquella que hace mover el cuerpo sin necesidad de nada más. Y empecé a bailar, a mover el cuerpo al son del ritmo latino. La gente miraba y preguntaba dónde había aprendido a bailar, o si era profesor, les daba las gracias y que ni mucho menos era profesor, simplemente que me he aficionado a esto y me gusta muchísimo tanto seguir aprendiendo como enseñar.

Y saqué a alguna persa a bailar. Enseñarle un poco el básico, guiarla bien y a disfrutar. Y realmente quedaban fascinadas de ver como un chico las mueve de un lado a otro, viendo que ‘sabes’ y controlas giros, paradas, etc. Aunque, he de decir que a una de ellas le di tantas vueltas que creo acabé por matarla aquella noche. Ya la había visto en la cocina dándole duro al tequila, cuando se animó a bailar. Y vaya si le gustó,que no soltaba, pero la pobre no se daba cuenta que se iba resbalando poco a poco y tenía que sujetarla para que no se cayera a veces. Yo quería parar pero ella se animaba de nuevo y a darle de nuevo vueltas y vueltas. Mis mas sinceras disculpas, pues no le sentó nada bien el darle tanto meneo, acto seguido se fue apagando poco a poco y dio paso a la escena que todos podemos protagonizar si te pasas con el alcohol. Acabó K.O.(aunque resucitó a las 2 horas, con la cara echa un cromo, como si hubiera sobado 12 horas).

Y la gente de la fiesta veía que bailaba y ellos también se animaban a bailar. Si señor, al fin, una fiesta en una casa, donde la gente baila.

Pasaban las horas, unos iban, otros venían. Brero iba como una peonza, dando vueltas por su casa, como si no la conociera y haciendo fotos (no todas las que debiera, pues iba como un terremoto), apenas hablé con él esa noche, iba charlando con la gente de la fiesta, muy majos todos ellos. De repente, entre mis idas y venidas por la casa, un encontronazo en la cocina. Ella, de nombre, Primavera.

El rostro de Primavera es puramente persa, con grandes rasgos marcados, cejas y labios gruesos y unos ojos de mirada penetrante. De estatura media y con un escueto y ajustado vestido negro, y un taconazo de vértigo. Empezamos a hablar y hablar, sentados, de pie. Bailamos algo, pero poco, sobre todo hubo diálogo, risas y conexión. Un sentimiento el cual ya había casi olvidado, cosa que suele ocurrir en Dubai, pero esto es tema aparte.

Pasaban las horas y Jorge el brasileño hizo acto de presencia. Cuántos lazos se establecieron entre toda esta gente, en esta comunidad de expatriados que, a pesar de que a Jorge le quedaran 2 horas para coger su vuelo de ida sin vuelta a su tierra natal, él pasara por la fiesta, para despedirse de todos ellos. Algunos lloraron, otros entre abrazos, sonreían y charlaban. Todo un poco más exaltado de lo normal, como suele pasar cuando hay copeo por en medio. Pero muy, muy buen rollo. Yo hablé con él un poco, lo justo para ver que es un tío grande. Unos van, otros vienen, uno de los contras de estar viajando por el mundo, siempre hay posibilidad de que tus grandes lazos con gente se deshagan debido a que muchos vuelven a su tierra natal, o se mueven a otra parte del mundo.

Y volví al ajo, al diálogo con Primavera. Y ella se asustó, puso su mano en el corazón y me dijo que tenía que irse, que su corazón empezaba a latir y sentir de nuevo, y tenía miedo. Miedo a caer en las redes del amor. Me reí bastante y la vez vi el gran sentido del humor que tiene y a pesar de las barreras lingüísticas entre gente de diferentes culturas, nos entendimos  muy bien.

Eran cerca de las 4 de la mañana, o más, ya ni me acuerdo. Sólo se que ya no podía ni con mi alma. Brero y sus compañeros de piso, ya estaban en la fase de resaca. La pobre chica la cual acabé con ella con las vueltas bailando, resucitó y se fue también con todas sus demás amigas. La gente se enfundaba sus abrigos, ellas se ponían de nuevo su vestimenta de largo, obligada. Tapan su melena. Primavera estaba con su hermana y el novio de su hermana, los cuales también conocí y hablé con ellos, sobre todo con el novio de la hermana, para pedir apoyo y que estirara lo máximo el tiempo antes de que se fueran; aún tenía un par de cosas pendientes con Primavera, que revoloteaba por el piso. Y como bien pasó, se fue la última, he hizo la típica jugada de mujer que quiere ser deseada y se mostró lejana; y yo también me marqué esa típica jugada de hombre duro y recio que sabe que ella desea que vayas, pero no vas. Y al final vino ella, antes de bajarse con el ascensor y nos dimos los 3 besos típicos de despedida, pero el último no fue en la mejilla. Y se fue.

Sí, fue un momento bonito, de esos de película, o de romance. Seguro que ahora mismo, si me lee alguna chica, estará sonriendo porque, se lo que os gusta este tipo de historietas. Y si me lee algún chico, fijo que más de uno pensáis que soy una nenaza, o algunos habrán pensado aquello de ‘vaya mariconada estás contando compañero’. Qué risas. No sabía si iba a verla más. Es una sensación rara, seguro que a alguno os ha pasado y ya sabéis más o menos cómo pude haberme sentido en aquel momento. Un momento de placer y  de cuestionarse uno mismo cosas; en la mente quedó dando vueltas un “Por qué…”.

Brero deambuleaba camino a su cama y yo ya sabía que me iba a dar la noche roncando. Gracias a Dios llevaba unos tapones de silicona para los oídos, he hice buen uso de ellos. Al fin pude echarme en la cama hinchable, para dormir. Me tapé lo máximo que pude, hacía un frío que pelaba, me eché un par de toallas por encima de la manta, para dar más calor aún. Me enfundé el buff en la cabeza para mantenerla calentita, pues entraba una brisa helada de no se dónde cojones, y a dormir unas cuantas horas, que mientras éstas pasaban, el aire también pasaba de quedarse dentro del colchón, dando lugar a despertarse al día siguiente semi-hundido entre el colchón y el suelo, cual morsa varada.

Atrás quedaba un largo día, tan largo como este post, y espero que algún valiente lo lea y disfrute con él. Lo compensaré con el día siguiente, que no fue tan largo aunque, le estoy pillando el gusto a esto de escribir, ¿quién sabe si me enrollaré más si cabe, en el siguiente relato? ¡¡Un abrazo a todos y todas!!

2012-02-02 Teheran – un primer y largo día rodeado de persas
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