Sri Lanka, el paraíso en la tierra (V): Esto se acaba. Cada lugar, único y especial

Nuestro último amanecer en Sri Lanka. Concretamente, donde nos quedamos a dormir aquella noche, en Kandy. Atrás dejamos el largo día anterior, donde amanecimos en lo alto de una región montañosa, cogimos un tren, nos dirigimos hacia la capital cultural y mística de Sri Lanka, conectamos con los antepasados en el templo de la reliquia de Buda, y pasamos una divertida noche con un local, que poco le faltó para abrazarnos y besarnos.

Ante nuestros ojos pues, un nuevo amanecer de ensueño. Un amanecer que, desde mi punto de vista, tiene cabida y dejará con la boca abierta y la mente pensativa a todos los públicos que puedan asistir a estos viajes; empezando por intrépidos aventureros que quieren experimentar nuevas sensaciones, a ellos les hará detenerse en el camino, reflexionar y relajarse. Pasando por gente solitaria, que busca la paz interior, la serenidad y desconexión, ellos encontrarán la paz que buscan en un sitio como este. Y finalizando, por ejemplo, por aquellas parejas que buscan un nido de amor; nada mejor que perderse en lo alto de una ciudad, en un hotel con vistas a un valle tropical, con el color verde palmera y el silencio como protagonistas, ofreciendo serenidad y un romanticismo único, digno de cualquier película de cine; momento perfecto para que ambos se fundan en un abrazo, después de una profunda y sincera mirada entre ellos.

Obviamente, las parejas con niños también tienen cabida en este tipo de viajes pero, si os digo la verdad, no vi ni una. Todos eran turistas de mayor o menor edad; en solitario, pareja o grupos, de todas las nacionalidades, pero sin niños. O si que los habría, pero nada destacable. Los únicos niños/as, los del país en cuestión. Y es que, aunque falto de experiencia con los niños, no creo que Asia, excepto en aquellos paraísos tropicales y resorts donde la familia se sentirá protegida dentro de una burbuja con actividades para todos ellos, sea destino como para viajar y venir con niños.

Retomando el hilo del último día. Un fuerte desayuno, a lo inglés y sumándole mi voraz hambre matinal, doblemente fuerte. Toca rumbo a Sigiriya, a visitar uno de los templos más importantes del país. Y previo a ello, pasaremos por un orfanato de elefantes y el templo del oro. Sí, tras este viaje, podéis llamarme ‘el templos’.

Un pequeño inciso. Como amante  del turismo activo, donde se puede interactuar con el medio (véase deportes de agua en destinos de playa, snowboard en la montaña, etc), he de decir que no es de mi preferencia dar vueltas por una isla y atiborrarme de templos y más templos, de imagenes de Buda; el bucle de Buda. Diez mil millones de estatuas de Él, por toda la isla. Aunque no me voy a quedar en este aspecto tan superficial y simple, pues yo pensaba que me iba a aburrir, y no fue así. Mientras uno visita la historia pasada del diferentes regiones del mundo, a la vez, uno mismo crea su propia historia. Me refiero a todo aquel acontecimiento o cosa que sucede cuando estás en un sitio, en cualquier sitio.

Si bien, por mi mente dispersa y debido a mis preferencias en cuanto a viajes, no he prestado mucha atención a la historia que rodea este tipo de templos, como otras personas podrían hacerlo o lo hacen (mención especial a Jesús, ex-becario Cámara Madrid que gracias a él nos empapamos de toda la historia relacionada con Petra), en este viaje he sacado partido de ello, haciendo y creando historia, mi propia historia, nuestra historia. Aquellas vivencias, experiencias y momentos, que siempre son únicos, no se volverán a repetir de la misma manera.

Y cuando viajamos, por supuesto que hay que prestar atencion a la historia pasada que rodea esos templos, pero también a la historia viva que está rodeándote en cada momento que pasas ahí (y durante tu vida normal y rutinaria, no solo en viajes). En este caso, por ejemplo, aquella noche con el local en Kandy y sus historias, o aquella curiosa pelea de monos en un templo y ver como uno de ellos se retira con la oreja a trozos; todo eso es historia, historia viva. Vale, lo sé, no será tan transcendental como la historia pasada que ha marcado el curso del ser humano en el planeta, pero joder, ¡¡también es historia!! Es nuestra historia, y todos nosotros tenemos derecho a ello, ¡a crear nuestra historia!

Y siguiendo el curso del rumbo de este día, Sumith nos esperaba, puntual como siempre para partir. Nuestra primera parada seria en el orfanato de elefantes, con posibilidad de verles ‘en acción’ y montarse en uno de ellos. Llegamos al orfanato, repleto de turistas y de tiendecitas de souvenirs, bajamos del coche y nos dirigimos al río donde se juntan.

Fuimos directamente a verlos, pues no quisimos montar en un elefante; era bastante caro y realmente, ni Antonio ni yo tuvimos especial atracción en sentarnos encima de un paquidermo. Tal vez, el hecho de que fuera el último día, y que ya nos habíamos dejado bastante dinero (y lo que nos faltaba) y el cansancio, hicieron que pasáramos de hacerlo.

Los elefantes son bonitos, nada ruidosos y aparentemente mansos. Están ahí relajados, en sus charcas, ríos y zonas de agua, lavándose y pasando el rato. Algunos están atados, no se por qué, tal vez sean los más salvajes y a esos hay que tenerlos controlados. Ver a esos gigantes moverse lentamente e interactuar entre ellos relaja bastante, sobretodo a aquellos elefantes pequeñitos, siguiendo a su madre sin despegarse de ella, y ella acariciándole y guiándole con la trompa… muy tierno y bonito.

Nos tomamos un helado para recuperar azúcar, pues hacía un calor increíble; hasta los elefantes tenían que recibir su dosis de agua fresca encima de su gran lomo. Volviendo camino a nuestro medio de transporte, una vez más caí bajo el embrujo de los souvenirs. Pero no compré nada, pude contenerme; esa misma mañana, en Kandy, al dejar nuestro hotel y pasando por una ruta la cual tenía una parada en un sitio con vistas a la ciudad, unos ‘comerciantes’ nos abordaron amáblemente para vendernos sus productos. Ya sabéis que me chiflan las pulseritas y esas mariconadas varias, y estoy harto del MADE IN CHINA. Buscaba algo diferente (y aún sigo buscando). De repente, vislumbré una pulsera negra, sencilla, con una especie de hilos gruesos entrelazados unos con otros; me acerco, la cojo y la observo con detenimiento; automáticamente el tendero dice: “ELEPHANT HAIR MY FRIEND, IS REAL”. En cristiano, que los hilitos gruesos negros entrelazados eran pelo de elefante, concretamente de la cola,  y que eran reales. Harto de tener que esquivar a timadores, embaucadores y mentirosos del país, le dije que no me lo creía. Él, cogió un mechero y le metió fuego a la pulsera; dejó la llama el suficientemente tiempo para que, si la pulsera fuera de plástico, desprendiera ese olor característico. Salió un ‘tufillo’ que rápidamente olisqueé y, mi sorpresa fue, que olía a pelo quemado. Si, como vulgarmente decimos, ‘aquí huele a pollooooooooo’ cuando se quema uno la piel o los pelos. No dudé en comprarla, y aún la llevo puesta.

El camino es largo, pero se hace llevadero en nuestro medio de transporte que Sumith, nuestro guía, eligió para este viaje. A pesar de mi más de metro ochenta de altura, podía casi estirar las piernas del todo, y junto a la inclinación del asiento de atrás, parecía que estuviera volando en la ‘first class’ de Emirates, la aerolínea. Aprovechas para ver paisaje, y dormir, pues aún queda un largo día.

Era mediodía y teníamos que coger fuerzas para la marcha. Paramos en otro restaurante de carretera, recomendado y conocido por Sumith; él no quería que nos pasara nada con la comida y sabe a qué sitios llevar a los turistas. Si aún esos sitios parecían peculiares, no me quiero imaginar cómo serán los otros restaurantes; hasta él mismo decía que mejor parar donde suele parar la gente, por si acaso. No me gusta para nada la idea de ‘irme por la pata bajo’ en medio donde Buda perdió la chancla.

Y este restaurante no era como el primero, donde podías elegir cubiertos para comer. Aquí no habían cubiertos; tocaba usar la mano de nuevo. Y, para mi sorpresa… ¡NINGUNA NOVEDAD CON EL MENU! Esta gente siempre come lo mismo: Arroz hervido como base y 5 tipos de salsa con especias de la muerte mortales (mi amigo el chili y sus colegas), junto con verduras y legumbres. ¡AH! Se me olvidaba, la gran variación es ponerle carne chamuscada de origen desconocido, o pescado frito, carbonizado  hasta tal punto que si lo miras con un microscopio, no tiene siquiera átomos. Pero en el fondo, estaba rico y uno se acostumbra a todo… gracias a la Coca-Cola. Esta vez no tuve que tomarme 2 botellines por el picante; sino con uno ya bastó, e incluso me dejé un culo. He de decir que me puse las botas, y Antonio también gozó. El silencio reinaba, concentrados en comer, disfrutando del menú y también sintiendo el nivel de picor en nuestro paladar, para darle un sorbo a la Coca-Cola, en el momento que aumentara.

Y ya por fin, llegamos al templo de oro. Una gran campana dorada en la puerta principal. Y una fachada del templo que abruma; una gran cara dorada, con ojos saltones y una enorme boca abierta, enseñando todos sus dientes. Pero ese no era el templo real, sino un museo; el templo dorado está subiendo unas cuantas escaleras, se accede por la parte izquierda y has de respetar la costumbre de ir tapado (pantalón largo con el bochornoso calor) y descalzo. Suerte que soy un poco ‘gitanillo’, me gusta andar descalzo y ya tengo algunos callos que hacen que pueda andar tranquilamente sobre sitios duros y ásperos. Pero también he de decir que mola mucho entrar a un templo, cuya creación data de hace 2000 años atrás, descalzo; tiene su rollo.

Para ser una de mis primeras incursiones a templos budistas, creo que no está mal. Este templo, construido en lo alto de una colina, al cual accedes subiendo unas escaleras de construcción y altura irregular, se encuentra debajo de una gran roca. Me refiero a que, las 5 cuevas de las que se compone el templo, están excavadas dentro de una enorme roca, que es por así decirlo, la parte alta de la montaña.

De las 5 cuevas, 3 de ellas fueron creadas hace 2000 años, y el paso del tiempo se nota en ellas; pero han sido muy bien conservadas, hasta aún hay colores dentro de ellas, en los esbozos y pinturas realizadas por aquellos monjes y artistas en aquella época. El hecho de estar en la oscuridad y alejadas de la civilización, ha hecho que se conserven maravillosamente. Las otras 2 cuevas son de reciente creación (hará unos 100 ó 200 años). Pero todas han sido bien conservadas porque han habido monjes cuidando de ellas.

Puedes optar por un guía para que te explique movidas de las cuevas pero, seguí en mi línea de ver,oír y callar. Bueno, callar no mucho, ya me conocéis; alguna sandez que otra decía al respecto de ciertas cosas que veía. Y es que había una sala con doscientos millones de figuritas iguales. Joder, mira que son repetitivos estos tíos.

Los monos campaban a sus anchas, acostumbrados plénamente a convivir con turistas. Esa extraña armonía entre monos macarras y seres humanos. En la primera cueva que entramos, ahí teníamos ante nuestras narices a 2 monos, uno enfrente de otro, y nos los topamos. Cruce de miradas, y el mono decide moverse del sitio, saltar delante mío y salir de la cueva. ‘Es tu turno’, parece que quiso decir o expresar. El cabroncete iría fuera a pelearse con otro mono. Y digo esto porque entre ellos, se reparten ostias como panes, por aquello de ser el líder de la manada y demás movidas del mundo animal (y del mundo humano también). Fotografié a un mono, que iba camino a la nada, cabizbajo y con un trocito menos de oreja, sangrando. A estos monos cabrones mejor no tocarles, siquiera mirarles, no sea que te peguen un bocao o zarpazo y te transmitan de todo menos buen rollo.

Sumith nos dio una hora para ver el templo, pensábamos que no nos daría tiempo pero, nos dio de sobra. Ya empezaba a cansarme de bucles de estatuas, hasta que vimos algo curioso: una especie de brecha en el techo de una de las cuevas, por donde discurría un hilo de agua que, llegado a un punto del mismo, caía a una vasija. Esta vasija estaba dentro de una jaula de protección; el agua es ni más ni menos que agua sagrada; proviene de no saben donde, y sí, es raro de cojones ver a algo que gotea desde el techo, en lo alto de una montaña sin aparente río cercano ni nada similar. ¿Misterios del planeta?

Descendemos, mientras disfrutamos una vez más de las maravillosas vistas que nos ofrece Sri Lanka y sus elevados montes, monasterios y templos budistas. Qué paz, serenidad y armonía se respira en estos sitios…

Sumith se sorprendió de la puntualidad; hasta él mismo sabe que los españoles no tenemos fama de puntuales, sino todo lo contrario. Bajamos a la hora concretada, pues aún quedaba mucho por ver.Es decir, faltaba lo mejor, las garras del león: SIGIRIYA.

Sigirya, antigua capital milenaria de Sri Lanka. Uno de los más importantes sitios turísticos de Sri Lanka, y patrimonio de la humanidad, otorgado por la UNESCO. Situado en el mismo centro del país, a unos 160 km. de la capital Colombo. El camino desde la capital es largo, debido al estado de las carreteras, que como ya os he explicado en este blog, son bastante peculiares.

Su templo, se alza en una enorme roca cuya cumbre llega a los 370 metros de altura. Rodeado de maravillosos jardines, con lagos y canales creados por ellos mismos, para el regadío. Los restos, que datan del siglo 2 A.C., transportan tu mente al pasado. la humedad de la isla, y por lo tanto el moho, hacen acto de presencia en cada muro, pared, escalera, o rincón donde el sol apenas incide y el verde musgo campa a sus anchas.

Senderos, cuevas, grutas, que junto con la escasa afluencia de turistas, hace que disfrutes relajadamente del momento.

Comenzamos la ascensión al templo. No disponíamos de todo el tiempo del mundo, eran las 4 de la tarde y el sol caería en un par de horas; nuestro objetivo era ver la puesta de sol desde la cima. Ver al rey Sol cayendo por el horizonte un día más, para dar paso a la noche.

Un camino en el que has de luchar ante una gran inclinación, donde sorteas todo tipo de escaleras, tanto naturales como metálicas y oxidadas por el paso del tiempo y la humedad, haciendo que no te fíes mucho de donde pones el pie, pasando por pasillos con pintadas de la época, donde unas mujeres enseñan sus pechos a todo turista. Impresionante, qué mente más abierta hace 2000 años, ¿no es cierto? Los de la región donde vivo actualmente (no los nombro directamente porque paso de movidas, que me espíen el blog y vengan a mi casa a detenerme) tendrían que aprender de ello y a no ir tan tapados.

Y llegamos a la puerta principal de Sigiriya, las garras del león. Unas enormes garras, patas de león, talladas en la misma roca enorme donde estaba el antiguo templo, te dan la bienvenida para que ahora empieces a subir unas escaleras aún con más inclinación que las anteriores.

Esto fue la risa, porque Antonio y yo coincidimos en que tenemos algo de vértigo. Incluso yo, que me encantan las atracciones fuertes de parques temáticos como Port Aventura, no me explico el por qué de eso. Mientras subes, no pasa nada porque vas cara a la montaña, y no ves el vacío; pero tan sólo pensar en la bajada, hacía que me sudaran las palmas de las manos instantáneamente. En serio, si algún día venís, en una de las partes del descenso, la escasa altura de la barandilla de la escalera y su falta de consistencia, junto con el acantilado vertical que hay a tu derecha, van a hacer que pongas a prueba tu acrofobia (miedo a las alturas).

Logramos llegar a la cima, no os lo he comentado antes pero, a cada paso que das y girabas la cabeza, las vistas eran cada vez más impresionante. Al fondo, una estatua de Buda (¡NOVEDAD!) muy alta y de color blanco. Y todo rodeado de un gran manto verde, de árboles y palmeras tropicales, junto con esa niebla semi-densa, que nunca desaparece, en la selva de Sri Lanka.

Apenas contaría unos 20-30 turistas en la cima, algo maravilloso para no sentirte como en una atracción de feria más y sentir así el encanto del lugar y el momento. Y, mira por donde, nuestros ‘temores’ se hicieron realidad: un perro en lo alto de la cima. Sí, una vez más, vimos un perro donde menos nos lo esperábamos. Antonio y yo nos sacamos el sombrero ante este perro moribundo, a la vez que nos echamos a reír, de cómo es posible que en este país todo esta plagado de perros. Y lo comentábamos desde que desembarcamos del coche de Sumith, en los jardines del templo:

-Fijo que subimos arriba del todo y nos vemos un puto perro. ¡Ya verás! Están por todas partes.
– ¡¡Jojojo!! No caerá esa breva.

Dicho y hecho, ante nuestros ojos, ‘tirao como un perro’, él. Sin moverse, sin inmutarse, esperando a que cayera la noche, o yo qué sé, para moverse de ahí. La ostia, ¿cómo es posible que un perro haya subido hasta arriba? No tiene sentido, ¡si ahí arriba no hay nada para ellos! Vale que están por todas partes de la isla, se reproducen sin control y dan un por culo bastante serio durante las noches ,cuando se vuelven activos porque hace menos calor, y tendrán que comer algo y seguir reproduciéndose pero… de ahí a ver uno de ellos reinando en la cima del templo icono de Sri Lanka, ¡es de broma de cámara oculta!

Y unas cuantas vueltas por la cima, unas fotos. Unas lecturas a los paneles informativos sobre cómo lograban regar los diferentes niveles y pisos que tiene la cima del templo, en lo alto de la montaña; agua obtenida mayoritariamente de las lluvias pero, a su vez canalizada de una manera estratégica para que pudiera sortear alturas. Algo misterioso.

Y un lugar para la relajación, para la reflexión, para el disfrute. Para echar la vista al fondo y ver que nuestra mirada se pierde más allá del horizonte que vemos. Sorteamos unas piedras y llegamos a una especie de balcón, un sitio muy bonito. Vemos el atardecer y las montañas al fondo. Y, me vais a disculpar pero, no soy capaz, ni creo que lo seré, de plasmar sentimientos que tienen lugar ahí arriba, en los relatos de mi blog. Tan sólo os invito a que si tenéis la oportunidad, vengáis.

Pero ya no sólo a este sitio sino, en muchos otros. Porque, como bien hace referencia mi título, en cada lugar ocurre algo, y en ese lugar se produce un momento único y especial. Y lo que se produce aquí, también se puede producir allá, o donde sea, siempre que vayas con la actitud adecuada. Y cualquier sitio vale; si bien unos más que otros, debido a, por ejemplo, el misticismo que les rodea como muchas ruinas y templos que he visitado. Pero seguro estoy, que también podréis encontrar ese tipo de momentos en cualquier playa de España, colina, rincón, o donde sea, pues a mi me ha pasado.

Cae el sol, la luz se vuelve tenue, comenzamos el descenso. Mientras bajamos, aún suben más turistas; espero llevaran buena linterna, les bendecimos a lo ‘typical spanish’, soltando un ‘olé tus cojones’. Sorteamos a varios alemanes patosos y lentos y llegamos a la superficie, donde los jardines, casi a oscuras. Un guía nos indicaba una ruta diferente para salir del lugar, y .. ¡NOVEDAD! mas Souvenirs. Gracias a Dios ya era tarde y con la poca luz, apenas pude ver qué vendían y no compré nada.

Y nos quedaba un largo camino de vuelta, aproximadamente unas 4 horas, hasta el aeropuerto de Colombo. La vuelta no se hizo tan pesada, era de noche, estábamos cansados del ascenso y descenso del templo, y de todo el día que llevábamos de pateada, logramos echar pues, una buena siesta dentro de nuestro medio de transporte.

Y aún faltó algo más por descubrir aquel día. Es acerca del ‘driver’, el conductor del vehículo. Ese hombre mayor,con piel muy morena y pelo blanco como la nieve. También mencionado por Antonio y yo durante el viaje como ‘el abuelo’, ‘el colgao’ o ‘el temerario’. Resulta que durante gran parte del viaje dentro del vehículo, este hombre soltaba unas parrafadas increíbles a Sumith. Nuestro querido guía, siempre permanecía atento a él; a veces asentaba con la cabeza y otras discutía con él. Antonio y yo pensamos y dijimos en alto, más de una vez, la chapa que le estará soltando a Sumith, madre mía. Pensabamos que era un simple conductor, un trabajador, uno más.

Tras realizar la parada de rigor para comer algo, ir al W.C. público llamado esquina de cualquier calle y demás, salió el tema del ‘driver’. Para nuestro asombro, Sumith de repente le nombra a él en inglés con la palabra ‘father’. Sí, father significa padre. Era su padre. Padre e hijo han estado viajando con nosotros, guiándonos durante estos 3 últimos días en Sri Lanka. Ahora entendemos las chapas que le daba, las conversaciones eternas. Sumith es un joven emprendedor de 28 años que lleva a cargo muchas actividades turísticas de la zona. Sumith era más joven que nosotros pero ahí la tenías, al frente de su negocio y con su padre como apoyo.

Las risas entre Antonio y yo fueron abundantes, sobretodo por el tema de las ‘chapas’, la ‘tostada’, el torrao que le metía el padre de Sumith, pensábamos, en clave de humor, que el pobre viejete ya chocheaba, tantos años de driver no tienen que ser buenos (algún día os contaré la historia del cabrón del conductor de un autobús, cuando hice un viaje a Andorra, a mano llevaba el móvil, las gafas de sol y una botella de whisky).

Aclarada esta situación, nos dirigimos al aeropuerto. Desembarcamos en el mismo y nos despedimos acaloradamente de nuestros queridos guías. Antes de irnos, Sumith nos hace rellenar una especie de formulario, donde tenemos que rellenar con nuestros datos y escribir si nos ha gustado él como guía y el viaje. Creo que con leer el blog, sabréis de sobra la valoración que le puse.

Y una vez más, el proceso de embarque en los aeropuertos estos tan, tan diferentes a lo acostumbrado en Europa. Y no nos íbamos a ir sin que nos pasara otra graciosa anécdota.

Resulta que, una vez dentro del aeropuerto, está prohibido fumar. Antonio se moría por fumar un ‘piti’. Buscamos una zona para ello pero no encontramos nada. Haciendo tiempo para hacer el check-in, y con un ‘trolley’ con todas las maletas encima, esperábamos en una zona de descanso. Un avispado currante, local, nos echaba el ojo. Antonio le preguntó al mismo si se podía fumar. El tío dijo que no pero, atención, él disponía de un sitio secreto para que fumáramos sin tener que salir fuera y repetir ese proceso de check-in previo, con la susodicha perdida de tiempo  que conlleva.

Y, como la expresión dice, de perdidos al río. Aceptamos que este personaje nos indique dónde se puede fumar sin que te vean. Pensaba que iba a llevarnos a las afueras del aeropuerto, o algo. Pero no, damos unos cuantos pasos, desde donde nos encontrábamos, los aseos, para meternos, ni más ni menos, ¡¡que en el aseo de minusválidos!! “COME COME”, decía el listillo, que en cristiano significa venid. Embriagados por la sensación de lo prohibido, y sin tener aún ni idea de por qué lo hice, pues ya no fumo, hasta yo me metí dentro. Lo mejor fue cuando, una vez cerrada la puerta, nos indica que podemos vigilar nuestro equipaje por la ranura que se queda entre la puerta el marco de la misma. La ostia, qué descojone. Antonio se enchufa el piti, y él currante le pide uno a él. Su cara cambió de repente, se le puso un rostro de ‘malvado’, con alevosía. Una cara de pillo, la cual nos producía desconfianza pero muchas risas. El listillo aprovechó también para pedir dinero por habernos mostrado semejante enclave de lujo para evadir la seguridad si queríamos fumar dentro. Antonio le da algo, pero le da algo irrisorio; estábamos hasta el moño ya de los timadores.

Apuran las últimas caladas, y nos indica que él saldrá primero para ver si había alguien vigilando. Nos da el OK y salimos los 2. Madre mía, ¡acabamos de cometer una infracción máxima en un aeropuerto, y los currelas dándonos soporte! jajajjajajajjajaj, es de chiste lo que la gente hace por dinero en este tipo de países. Cualquier oportunidad es buena para ello.

Nos situamos en la cola de embarque, y ese cabroncete seguía merodeándonos… Con la desconfianza a flor de piel, esperábamos cualquier posibilidad, que nos la liara en algún momento, o vete a saber qué. Del trato de confianza que tuvimos en el aseo mientras infringíamos la ley, pasó a mantenerse distante, mirando con un rostro serio, de cómplice de que algo había sucedido. Y mostrándonos como que él estaba ahí para lo que hiciera falta.

Decir que no le hicimos ni puto caso. Hasta el gorro.

El cansancio apremiaba, y con ello, las sandeces que decía iban ‘in crescendo’. No tardé en ir a una tienda de gafas en el Duty Free para hacer el panoli, probándome gafas y soltando tonterías a las dependientas, nada acostumbradas al desparpajo y payasería español. Comimos algo antes de la  vuelta, embarcamos y con esto, lo bueno ya acabó…

…O eso dicen, que todo lo bueno se acaba. Pero yo no lo creo. Por supuesto que estos momentos no vas a tenerlos durante todos los días de tu vida, y habrán momentos no tan buenos, o sea, malos. Pero son necesarios para que exista ese equilibrio y balance, para así distinguir entre los mismos.

Y me aventuro a decir que, aún así, muchos de los momentos que vivimos son excelentes. No todos, por supuesto, no quiero ir de ‘jippie flower’ ni mucho menos. A lo que me refiero es que, no todo lo bueno se acaba. Porque creo que, cualquier momento es bueno, incluso gran parte de los malos, mientras no sean catastróficos, se convertirán en buenos a la larga.

Si esto no fuera así, no estaría ahora mismo escribiendo este blog desde Dubai, por y para vosotros. Y para mi y para el recuerdo, de lo que está siendo esta maravillosa experiencia de vida. Porque vivir es aprender, y vivir más es aprender más. Y os aseguro que, aprender, puedes aprender en todo lugar, ya sea en Sri Lanka, o en un rincón de tu casa.

Espero que os haya gustado a todos mi relato de este maravilloso viaje. son las 22:19 de un 18 de mayo de 2012, voy a bailar un rato. Aún tengo que adjuntar fotos, espero publicarlo si no hoy, mañana.

Enlace al álbum de fotos

2011-12-06 Sri Lanka – Cada lugar y momento, único y especial

Nos vemos con los ojos. Abrazos a todos/as.

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2 pensamientos en “Sri Lanka, el paraíso en la tierra (V): Esto se acaba. Cada lugar, único y especial

  1. espectacular mol!! ainss k envidia me das!! sigue disfrutando de este tiempo maravilloso que te esta aportando tantas cosas bonitas!!

    • Nuria! Muchas gracias por leerme, no sabes cuánto me llena que os guste lo que escribo, algo relativamente nuevo que estoy haciendo pero veo que satisface bastante.

      Un beso y nos vemos pronto!

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