Sri Lanka, el paraíso en la tierra (IV): Viaje al pasado

Amanecía de nuevo, pero esta vez más temprano que el día anterior, cuando nos encontrábamos en Hikkaduwa y partimos rumbo a Ella. Y si aquel día nos pareció largo, este lo iba a ser más. Porque ese día, íbamos a viajar al pasado, y eso lleva tiempo. Pero no el tiempo que vosotros pensáis… sino el tiempo que tarda tu mente para imaginarte en aquellas épocas.

amanece

A las 5 de la madrugada, en pie; había que coger el tren desde la estación de Ella, que construyeron los ingleses, hará unos 80 años (o más), para moverse por esta parte del país y transportar mercancías. Con este tren nos desplazaríamos a un pueblo donde Sumith, nuestro guía, nos recogería para ir a uno de los muchos campos de té de Sri Lanka, un té de denominación propia, té de Ceylon, mundialmente conocido. Y, acto seguido, seguir conduciendo hasta Kandy, capital cultural de Sri Lanka, donde asistiríamos a la ceremonia de la reliquia del diente de Buda, entre otras parafernalias y misticismos variados.

Un amanecer de ensueño, digno de película. Una neblina persistente rodeaba las montañas, y hacía frío, como para ir con un par de mangas. Esta vez teníamos que darnos prisa, el tren no esperaba a nadie. Un fuerte desayuno con café incluido y a la carretera. Sumith y el ‘driver’ nos esperaban. He de decir que no tomo café pero en estos casos, como viajes largos, creo es necesario, y 1 al año no hace daño 😀

Apresuramos a comprar el ticket en aquella peculiar estación, acudimos al mostrador y previo pago, nos dan un trozo de cartón bastante grueso, muy original; a la antigua. Apenas éramos 4 personas esperando el tren, y mientras tanto, mi asombro no dejaba de aumentar con el silencio y la paz del momento que nos rodeaba.

En medio de aquel silencio, se escucha el traqueteo y ruidos mecánicos varios, sí, como ese ruido de locomotora antigua que has escuchado en las películas. El viejo tren de madera construido por los ingleses hará más de 80 años hace su aparición. El tren emite un sonido estridente, por el frenazo; el tren se detiene, ya toca subir. Nos queda un largo camino de 2 horas; un largo camino que para nada iba a resultar pesado, pues el entorno en el que nos encontrábamos era único y visto por primera vez. Nada dejaba de asombrarme.

El tren comienza su marcha, serían aproximadamente las 6 y media de la mañana. Nos sentamos en la parte trasera del furgón, en el vagón ‘mirador’, que es, bastante más caro que el vagón normal donde viaja la gente local. Caro, para ellos; para nosotros, el precio daba risa. Este vagón al ser el último, tiene unos cristales delante que hacen que puedas ver todo lo que el tren deja atrás, aparte de los lados. Los sillones, muy confortables a la par que viejos. Y el aspecto general del vagón, con aseo propio incluido, denota que éste fue diseñado para la gente VIP de la época, los que tenían pasta, los que más pagaban; la ‘first class’.

Estaremos 2 horas cruzando montañas, laderas y pasando a través de campos de cultivo y de te. Ahora toca observar por el vagón. Los niños y niñas, ya despiertos, iban camino al colegio siguiendo la vía del tren. Uniformes blancos para ellas, y corbatas. Para ellos, algo más discreto. Su piel morena destaca aún más con sus luminosos uniformes. Y su pelo; qué peludos son los habitantes de Sri Lanka.

Un grupo de militares aparece por un lado de la vía al pasar el tren. De maniobras, y perfectamente camuflados. Caras serias, era muy temprano.

Los labradores, ya estaban trabajando la tierra. Fijo que se despertarían mucho antes que nosotros, para conseguir aquello que les da para comer y vivir.

Dentro del tren, cómodamente sentados, el tiempo pasaba lentamente pero sin resultarnos pesado; más bien todo lo contrario. Disfrutando de las vistas del maravilloso paisaje, cruzando bosques con árboles altísimos, bordeando verdes colinas y lomas con plantas de té; donde se extrae y se elabora el famoso té de Ceylon.

Aparte de nosotros, unos cuantos turistas más disfrutaban en el vagón con vistas; una parejita europea con mochilas grandes como única pertenencia y un aire bastante desaliñado, a lo ‘backpacker’. Una familia europea con hijos, bastante tranquilos durante todo el viaje, por cierto. Y también habían turistas que por su aspecto, vendrían de la India. Y cuando esta gente viaja, parece que viaja en serio y a lo grande, porque eran un grupo bastante numeroso. El olor a curry y demás especias hacía presencia.

Después de alimentar nuestro cuerpo y alma con esas impresionantes vistas y panorámicas, decidimos dar una vuelta por el tren. Estábamos en la parte trasera del mismo, e iríamos caminando hacia donde está la locomotora, atravesándolo todo. Un revisor se situaba justo después de nuestro primer vagón, le preguntamos si podemos aventurarnos; gesticula con la mano y lo tomamos como un ‘adelante’.

El traqueteo del tren se siente más, y el ruido aumenta; el mecanismo de la locomotora de más de 80 años se siente por todo el cuerpo, aunque sólo viaje a una media de 20 km/h. Estos vagones ya no parecen tan confortables, son para el día a día. En ellos se sientan los autóctonos, los cuales usan este transporte para desplazarse entre pueblecitos de la zona, para ir a trabajar, o cualquier otro menester. Sentimos sus miradas como si de clavos sobre nuestra frente se trataran y nos intentaran atravesar. ¿Qué harán por ahí 2 personas tan diferentes? Pensarían. Ellos, muy tranquilos, apenas ruidosos, a su aire. Algunos, sentados, otros durmiendo, o viendo también ese paisaje a través de sus pequeñas ventanas (comparadas con las de nuestro vagón). Las puertas para embarcar a los vagones del tren están abiertas; puedes asomarte y sentir la brisa, respirar ese aire puro; con una mano bien sujeta al agarrador y medio cuerpo asomando, disfruto del momento como algo extraordinario que és.

Y suerte que llevábamos algo para picar, porque me entró algo de hambre. Durante nuestro paseíto, pasamos por un vagón-restaurante, el cual ponía a disposición toda esa típica comida del país. Pero su aspecto, era si cabe, intrigante, misterioso. No se si nuestros estómagos occidentales hubieran estado preparados para comer semejantes productos, almacenados y expuestos en la propia barra de madera del tren, en contacto con ‘todo’. Mejor no tentar la suerte.

Tras varias paradas, unas 13, (Sumith nos dio el nombre de la estación donde teníamos que bajar, pero también nos dio el número exacto de paradas, porque vaya nombrecitos…) bajamos del tren, tras más de 2 horas de lento, pero armonioso e increíble viaje. Sumith nos espera, sonriente como siempre, un poco tímido, pero muy, muy amable. Nos montamos a la furgoneta que alquilamos y nos ponemos camino a la factoría de te de Mackwood’s. Desconozco la marca pero, tiene pinta de ser buena.

Ya llegados a los pies de la factoría, y tras atravesar unas cuantas colinas y lomas de montaña verdes, atestadas de plantas de té y de mujeres recogiendo la hoja, decidimos hacernos una foto con una de ellas, previo pago, para variar. Es la segunda foto con un local y, parece ser que algo tienen en común, no miran a la cámara cuando les haces la foto.

Amablemente, nos recibe un guía de la factoría. En esta antigua fábrica, se ha dejado en marcha una única línea de producción para ver, en tiempo real, cómo es elaborado el te. El proceso es guay, y, a grosso modo os lo explico, dependiendo del filtrado de las hojas y su tamaño, la calidad y el sabor amargo será mayor o menor.

Compartimos ruta con unas mujeres australianas, de avanzada edad, con las cuales nos reímos bastante; ya no me acuerdo bien pero, creo que alguna nos tiró los trastos, jojojo. Después del recorrido, parada obligada para probar el te, pasar por la tienda a comprar alguna muestra que otra por un precio ridículo en comparación con España (y seguro que más países), más fotos, y a seguir el camino. Destino: Kandy.

Y sospechábamos de la ‘fragoneta’, mientras descendíamos desde lo alto de las montañas de té hasta el nivel cercano a cero metros sobre el nivel del mar, porque tanto Sumith como el conductor no paraban de hablar de una manera más rápida y estresante que de costumbre. Hasta que definitivamente, pararon en una zona donde había un puesto de frutas, verduras y demás, con el aparente motivo de parar para descansar y comer algo. Antonio y yo ya estamos ‘curtíos’, él más que yo porque llevaba más tiempo por Oriente Medio, nos olíamos algo. Le preguntamos si pasa algo con la furgoneta.

Y al final, Sumith declaró: el ‘fadding’. O dígase también, aquel efecto que se produce cuando, bajando una colina, frenas demasiado debido a la pendiente y hace que se recaliente todo el sistema de frenado (discos, pastillas) haciendo que cada vez frenes menos hasta que… pues eso, que si no paras hasta que se enfríe todo de nuevo, estás jodido. Y mientras comprábamos un bote de miel super extraña, el conductor echaba agua a los frenos, y de estos surgía el vapor, junto con el ruido de cuando viertes líquidos sobre partes metálicas incandescentes. Antonio y yo nos miramos y pensamos: ‘que sea lo que Dios quiera, o Alá, o Buda, o quien rija en ese momento y en ese país nuestro destino’.

Y tras una una parada en una cascada, unas cuantas fotos, intentar cazar una rana, subirse a un par de árboles y hacer el mono, un poco de relax, y una larga ruta en carretera, llegamos a Kandy, la capital cultural de Sri Lanka.

Kandy es una ciudad ajetreada, con denso tráfico, como en la mayoría del país. una ciudad rodeada de montañas, un gran lago, un par de calles principales, y mucha gente. Negocios callejeros, restaurantes con comida picante, o muy picante, un Pizza Hut y alguna que otra franquicia internacional más. Kandy carece de bares y ocio nocturno tal y como concebimos nosotros el ocio nocturno; lo descubriríamos más tarde, después de cenar, cuando quisimos dar una vuelta por la ciudad.

Aparcamos cerca del centro y nos dirigimos a comer, era mediodía y teníamos un hambre del copón. De camino, vi a un hombre vendiendo lotería. ¡¡AL FIN!! Después de meses sin nada de azar, tuve al alcance, por unos 5 euros, unos cuantos boletos, que los repartí entre los 4 que íbamos. Ese momento fue como una fiesta, todos rascando los típicos cupones que si salen 3 figuritas iguales, obtienes premios o dinero. Sumith, nuestro guía, y el conductor, estaban flipando de ver como el españolito repartía azar. Y es que ya sabéis que suelo ‘liarla’ de vez en cuando, el cachondeo forma parte de mi modo de vida … y ¡qué leches!, ¡vamos a reírnos un rato,a ver si toca algo!

Al final no tocó nada. Hubiera suerte o no, pagábamos siempre las comidas a Sumith y el conductor. La verdad que nos daba igual, porque el precio para 4 personas apenas llegaría a 6 u 8 euros… algo que me deja y me dejará sorprendido siempre, pagar tan poco por comer. Esta vez la comida picaba más de lo normal, y estaba harto de comer con la mano; pedí cubiertos y fui de occidental.

No vi tiendas de souvenirs ni nada por el estilo. ¿Os conté que me aficioné a comprar souvenirs en este viaje? Realmente se me fue de las manos… Yo, que siempre he sido práctico a la hora de viajar, y no comprar nada, tan sólo lo necesario, de repente me vi envuelto en una espiral voraz de compras. Todo tipo de artilugios y accesorios del país. No se por qué, pero es que me gustaban esos bañadores a 3 euros la pieza, y las pulseritas, tobilleras, y demás… individualmente el coste era bajo pero, cuando compras muchas cosas, ya se disparaba el precio total.

Retomando lo anterior, después de comer fuimos al templo del diente de Buda, última ‘atracción’ del día. Cuenta la leyenda que una mujer se quedó con el diente y tuvo que huir para que no se lo robaran, no se por qué, y ésta huyó hasta Sri Lanka, y ahí fue depositado. Bueno, la verdad es que según el panfleto, el diente, alias la reliquia de Buda, había dado vueltas por toda la isla, siendo custodiado por monjes budistas en diferentes templos. Dicho templo en Kandy, fue víctima de un atentado terrorista, tuvieron que reconstruirlo, y actualmente el diente se encuentra ahí. Lo que íbamos a presenciar más adelante, era una especie de ceremonia, un ritual, que daba paso a enseñar al público, a través de una ventana, dónde es guardado el diente, para rendirle culto y honor, y de paso, dar dinero al monje que dice que no te quedes parado más de 3 segundos para echarle un ojo.

Profundizando en la visita al templo, mientras esperábamos a la hora pertinente, fuimos espectadores de un desfile de calle, parafernalia budista, con un tío paseando un elefante encadenao, y gente danzando y sonriente. Ritmos tribales y percusiones. Sensaciones diferentes; me pregunto si ellos sentirían lo mismo al ver nuestra Semana Santa y  ritos similares. Yo creo que sí; pues la novedad muchas veces es de buen ver y deja asombrada a la persona.

Tras ponernos los pantalones largos, requisito obligado, por respeto a la religión budista, para entrar al templo, y quitarnos las chanclas, ya pudimos comenzar la visita. Sumith, nuestro guía, nos acompañó en todo momento. El templo estaba genial, muy auténtico y colorido. Con montón de objetos de la época, vasijas, figuritas y demás. Muy llamativo. Destacaré el techo que cubría la parte principal del templo, donde se halla la reliquia de Buda, el diente. Un techo con flores de oro macizas incrustadas en el mismo; aún estando así de alto, estas flores se ven enormes (tenéis la foto más abajo).  Deben ser caras; quién pudiera llevarse una florecita de oro maciza, del tamaño de una paella para 6, a casa.

También visitamos una sala con una gran estatua de Buda, rodeado de varias estatuas del mismo. Él y sus estatuas. Como apunte interesante, deciros que no se le puede dar la espalda a Buda, vamos que no puedes hacerte fotos con él de fondo, porque le estás dando la espalda, o el culo, y eso es una falta de respeto en su religión. Ojito, como te pille un segurata, te la lía.

Hablando de seguratas, uno de ellos se enrolló y nos llevó a un sitio SUPER SECRETO. ¡WOW! Era un balconcito, en la planta de arriba del templo, con vistas al exterior del mismo y de parte de la ciudad, nos lo pintó como algo SUPER SECRETO, algo ÚNICO… que no se lo ofrece a todos. No me acuerdo muy bien pero creo que tuvimos que pagarle algo, y obviamente, le pagamos una mierda, dinero para chicles y poco más. Harto de sentirnos estafados, nosotros ya no nos cortábamos a la hora de dar o no dar. A quien se lo merece, por supuesto. Pero, ese segurata, cuántas veces habrá hecho lo mismo durante parte del día, y cuánto dinero se habrá sacado? Dado que hay mil tipos de turistas, prefiero que los tópicos sigan en pie hasta el fin de los días, y que los europeos (excepto españoles) y australianos sean los que paguen todas las propinas habidas y por haber; y que los japoneses sean robados y estafados siempre, a pesar de ir en grupo y con uno o varios guías (pringaos, jojojo).

Y los tambores sonaron, y nos apresuramos a ir a la parte central del templo, a hacer cola para pasar delante, pero a varios metros de distancia, de la reliquia de Buda, su diente. no vimos los actos ceremoniales, sino fuimos directamente a hacer la cola por la cantidad de gente que había; mejor pillar buen sitio. Tras un largo rato esperando, pasamos y veo la campana que recubre la reliquia, de oro macizo y atestada de piedras preciosas y demás joyas. Pago algo de dinero antes de situarme a su frente,  para variar, y me voy a otra parte, para poder hacer fotos a distancia, mientras me daba codazos con los otros 294239843892 turistas que pretendían hacer lo mismo.

Mucho oro y piedras preciosas. Tras un largo rato observando el brillo y resplandor del metal precioso, nos dirigimos a las afueras, del templo. Caía la noche y teniamos que volver al hotel.

Y aquí empieza la última parte de ese día, largo donde los haya, y si habéis llegado hasta aquí leyendo es que os interesará también qué pasó al final de la tarde-noche. Sumith, como siempre, eligió un hotel increíble, en lo alto de una montaña, con vistas al valle de la ciudad. Increíble y sin palabras, tranquilo y silencioso.. hasta que la noche profunda cae y los perros empiezan a aullar sin cesar.

Antonio y yo, como siempre, queríamos saber más de la zona, empaparnos de la vida auténtica de las calles de Kandy. En el hotel nos esperaba un ‘taxista’, con su tuc-tuc como vehículo para transportar pasajeros. Su nombre, Fernando, de origen portugués. Se emocionó al saber que éramos españoles y nos contó su vida mientras bajábamos a la ciudad para cenar algo.

Fernando parecía joven, y cuando nos dijo su edad, nos quedamos de piedra. Bajito, fibrado y con unos ojos grandes y saltones, su sonrisa permanente y su relajada forma de ser hizo que estuviéramos casi en plena confianza con él ,a pesar de las movidas anteriores que hemos tenido en este país. El tío sabía cómo camelarse a los turistas, sabía en qué sitios podíamos tomar algo a ‘altas horas’. Altas horas allí, significa a partir de las 11 de la noche. Nos dejó en el Pizza Hut que había avistado hora antes, y dijo que nos esperaría. Nosotros le dijimos que no se preocupara, que ya nos buscaríamos la vida para volver, pero él sabía que tenía premio si esperaba. Y acertó; tras acabar de cenar y dar un par de vueltas por la zona, vimos que no había ni un alma y de repente, le vemos enfrente de nosotros. – ‘Amigouuss’, nos dice. Y nosotros le saludamos efusivamente y le comentamos que nos lleve a un sitio para hablar y tomar un té tranquilamente.

Fernando nos llevó a un hotel-restaurante-terraza de un inglés que vino hace muchos años a la isla. Por suerte, esta mente europea deja abierto su bar hasta horas más tardías que las que acostumbran los demás negocios, y gente como nosotros podemos acabar la noche. Como teníamos que subir al hotel de nuevo, negociamos con él un precio para que estuviera con nosotros hasta el fin de trayecto, y le invitamos a tomarse algo con nosotros.

Parece que la cerveza Lyon, la marca nacional, servida en botellas de cristal de un litro, es como un elixir de la verdad. Fernando nos contó todo: tiene una mujer, con 2 hijos pequeños, trabaja de taxista, el tuc-tuc es suyo propio. También tiene un negociete de transporte de paquetes de un lado a otro, y guía a turistas. Conforme daba más tragos, soltaba más detalles. También descubrimos que era cinturón negro y no sé qué Dan de Taekwondo (!), y hasta nos hizo un par de demostraciones y patadas al aire, jaja.

Se hacía tarde y el guiri dio la orden a sus súbditos de cerrar el chiringuito. Antonio acababa su cerveza y yo mi té (me volví un té-adicto durante el viaje) a la vez que Fernando le daba los últimos lingotazos a su ‘litrona’, para subir bien ‘entonao’ y alegre. Qué pensaría su mujer, cuando éste volviera a casa como una cuba. Nos hicimos un par de fotos con él, que quedarán para el recuerdo. Una vez más, nos involucramos lo máximo posible esa noche, con gente local, para vivir experiencias únicas e historias que, con el paso del tiempo, siempre recordarás.

Y lo recordaré porque Fernando salió alegremente del bar, invitado por un par de españoles, dando abrazos y alabándonos, y apuntando nuestros números a la vez que nos decía que éramos buena gente y buenos amigos, que estaba muy contento de haber estado con nosotros, y no paraba de agradecernos una y otra vez la compañía. Hasta el punto de parecernos raro, porque fijaos lo que hace el alcohol, o la persona, o yo qué sé, que tras dejarnos en el hotel, aún volvió a llamarme una vez más a mi móvil ‘Srilankeño’ para darnos las gracias. Fue la ostia, porque a el tío ya le bailaba la voz, iba pedo y contento. Esa noche se llevó buena compañia, unos dineritos y una cerveza gratis. Y nosotros, también nos llevamos un trocito más de aquél país, que quedaría guardado en nuestra cabeza, para siempre.

Porque viajar hace grande a una persona, y aprendes de todo lo que te sucede y rodea. Y ya no es sólo viajar, sino vivir. Cuanto más vives y más te relacionas, más aprendes. Aprende de todo lo de tu alrededor.

Una noche más, y la última, antes de volver a levantarnos para visitar unos cuantos sitios más de este maravilloso país. Un abrazo a todos y todas, se os echa de menos.

Acá enlace al álbum, que no tiene desperdicio, más de 250 fotos y un vídeo del tren, ¡a qué esperas!

2011-12-05 Sri Lanka – Viaje al pasado, Ella a Kandy
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