Sri Lanka, el paraíso en la tierra (II) Un día más en la playa, Hikkaduwa

Imagina que amanece, y ante tus ojos se muestra el paraíso, aquella imagen que siempre has tenido en tu mente de lo que podía ser ese sitio que, para ti, tiene todo aquello que siempre has querido ver.

Un sol radiante sobre un mar azul y cristalino, una arena de textura fina y suave. El sonido de las olas rompiendo en la orilla, el sonido del relax; sin ruidos de gran ciudad ni similares. Una velocidad de vida acorde al momento, lenta, tranquila, sin prisas, relajada. No hay nada que hacer… o si; todo lo que hay que hacer es disfrutar del momento.

Un momento que aparece nada más levantarse, abrir la puerta de la habitación y asomarse al balcón. El mar nos esperaba. Refrescarnos en él, bucear, y seguir refrescándonos. Una siesta en la orilla, comer, y seguir bañándote. Qué vida, ¿eh?

Y es que el segundo día en Hikkaduwa no nos iba a suponer un quebradero de cabeza. O eso pensábamos jejeje, ahora os contaré por qué.

Amanecimos antes de mediodía y nuestro objetivo era pasar el día de manera relajada, y poder bucear, intentar ver algo de vida marina. Enfrente de nuestro hostal, en el mar, se alza una pequeña isla rocosa la cual dicen que tiene fauna marina. Pues bien, nos ponemos manos a la obra y bajamos a la playa, buscando al local con barca propia que, tras negociar con él, nos ofrezca un buen precio por paseo en barco + gafas de bucear. Y es que aquí te cobran todo, excepto respirar.

El día anterior ya tuvimos una pequeña visita de un par de locales; merodeaban por la playa del hostal en búsqueda de ‘personas con cabeza de pollo’, o lo que es lo mismo, turistas a los que van a intentar desplumar. Así es, creo, como nos ven. Uno de ellos nos ofreció ropa y algún collar que otro, mientras el otro nos ofrecía sus servicios de barco y buceo. Les dijimos, millones de veces que HOY NO, sino mañana. Y esa mañana llegó, ahí estaban de nuevo, campeando la zona, para pillar algún incauto.

Gracias a nuestra experiencia comercial, Antonio y yo decidimos ‘pedir varios presupuestos’; o sea, preguntar a 2 ó 3 personas diferentes el precio que costaba viajar a la isla en barquito y dejarnos ahí un rato buceando, recogernos y dejarnos en tierra firme.

Total vimos que todos rondaban el mismo precio, y volvimos a aquellos simpáticos hombrecillos autóctonos, a negociar de nuevo con ellos. Aparte del precio por llevarnos a la isla y esperarnos una hora mientras buceábamos, en el precio estarían incluidas las gafas de buceo y aletas, que también se suele pagar aparte. Este punto lo remarcamos en nuestro contrato verbal, lo remarcamos bastante, fijando el precio final INCLUYENDO las gafas y aletas de buceo. Y, no se si ese día haría mucho viento pero, las palabras volaron, ahora os cuento.

Nos acercaron a la isla con la barquita, la cual tenía en el centro un cristal cutre, lleno de algas, para poder ver el fondo del mar. Sólo veíamos roca; alguien nos dijo que debido al tsunami del 2004 y las corrientes cambiantes del índico, el coral estaba muriendo. Lo corroboro, no había una puta mierda de coral vivo. Pero da igual, es el fondo del mar, es transparente, hay más cosas aparte de coral, como bancos de peces y todo eso. En el fondo lo pasamos bien, sufrimos de ciertas corrientes fuertes, y los de la barca nos pegaban el toque cuando nos íbamos lejos del sitio. Eran listos, y estaban atentos a que no nos pasáramos más de la hora establecida.

Ahí en la foto de arriba, tenéis al cabrón de la barca. Pasó la hora, que me supo a poco, flotando en el agua el tiempo pasa demasiado rápido… los de la barca nos sacaron del agua y  apresudaramente nos acercaron a la orilla. Tras tocar tierra firme, tocaba pagar, y uno de ellos, tras darle la pasta acordada antes de montarnos, nos pide algo más por las gafas. Aquí es cuando empieza el lío. Y es que, cuando uno es turista por estas tierras, intentan engañarle al máximo. El tío pedía más dinero porque decía que las gafas de bucear no estaban incluidas en el precio. Y eso que, antes de montar, le remarcamos millones de veces un ‘ALL INCLUDED, YES?’ mil veces se lo dijimos, a veces más alto, otras más claro. Pero completamente comprensible.

Empiezo a ponerme nervioso porque el tío pesado no para de decirnos que le paguemos, y le alzo la voz, le digo que no tiene razón. Antonio dice que me calme, que le deje a él las negociaciones. Mientras estamos en pleno lío, me fijo en un grupo de locales que había atras: mujeres, hombres, niños y abuelos, todos del mismo clan, del de la barca, chillando y hablando. En especial uno de ellos diciéndole al piloto de la barca cosas, de manera calurosa, mientras el otro nos pedía más dinero; eramos 2 contra un huevo. Hasta ahora nos dijeron que estos sitios eran seguros e hicimos lo que quisimos. Mientras seguíamos con el mismo discurso, cual cinta reproducida en bucle infinito, no le pagamos más ni teníamos intención de ello, y nos fuimos andando por la playa, alejándonos de manera lenta, sin que se notara que queríamos huir, y buscando un sitio para comer y estar relajados. El tío nos perseguía, mientras el jefe del ‘clan’ le chillaba. Por suerte no bajamos la guardia; hasta Antonio abandonó su tranquilidad y templanza para decirle que nos dejara en paz, que lo pactado pactado está y que no trate de engañarnos. Tras casi 20 minutos, o más, dejaron de seguirnos y nos fuimos bastante lejos de ahí,  pensando que seríamos perseguidos, o aniquilados, más adelante. Encima sabían donde dormíamos, joojoojjojoj.

Me quedé con ganas de bucear; nos acercamos a una zona que está tras un arrecife y dicen que hay ‘pescaos y demás’. Tras asentarnos en un lugar alejados del peligro, fui a un puestecito de playa donde alquilan equipo de buceo (snorkel), pillé unas gafas y pagué al chaval, un local de la isla, bajito con pelo largo y teñido rubio donde el sol reflejaba cual espejo. La cara no la describo, son siempre las mismas pero más o menos oscuras, con o sin bigote. Pero son todos iguales. Vuelvo a la zona y me dedico a bucear un rato; deciros que vi más peces que en la isla de marras donde nos llevaron los cabrones de la barca; hasta vi un par de morenas paseando delante mío, que casi me cago en el bañador del susto, menudos ‘moustros’. Salgo del agua, despierto a Antonio de su siesta;  es tarde y tenemos que comer. Devuelvo las gafas en el mismo sitio donde las alquilé, pero había otro tipo, parecido. Se las doy y le dije que le pagué a otro, dice que ‘no problem’ y me  voy. No problem los cojones… Ahora os explicaré.

Aún con la paranoia persecutoria que nos generó el haber peleado con un clan local, decidimos ir a un restaurante donde habían montones de gente local comiendo. Nos sentamos. Llega el camarero, nos da la carta, con los precios repasados; es decir, con un tachón o pegatinas encima. Era la carta para turistas, aún así el precio no era alto. Pedimos la bebida mientras decidimos qué comer, hacemos la comanda. El tío dice ‘ok, ok’. Se va, pasan 15 minutos, vuelve. Con la bebida a medias y con un hambre que te cagas sólo le esperábamos de vuelta con platos; pues no, nos comunica que no cocina. Que la cocina se ha cerrado y que no cocina, sus huevos. Nosotros flipando, le preguntamos que por qué, si aún salen platos. El tío se ralla, se mete para adentro, habla con más gente. No sabemos que pasa. Vuelve de nuevo y nos vuelve a dar las cartas. Antonio y yo nos emparanoyamos, demasiados sucesos en tan poco tiempo. No nos fiamos un pelo, a la vez que nos salen esas carcajadas de risa que no se puede contener por el ‘sin sentido’ de situación y lo cómica que resulta. Amén de hacer gracia y sarcasmo sobre nosotros mismos, y sobre cómo nos verían los locales, unos pimpollos dispuestos a ser desplumados por los habitantes de la zona.

Esto no es todo, mientras pasa eso llega una tercera entidad, llamémosle así, de locales. Esta vez es un hombre mayor con otro. El hombre mayor habla, me pregunta a mi si he pagado las gafas de bucear, sí aquella que alquilé hace un rato y las pagué a un chaval y cuando volví había otro. A punto de írseme la pinza, Antonio me ve y me dice que me calme, que no pasa nada, que dialoguemos con serenidad. Gracias a eso y a respirar profundamente le digo: ‘my friend, of course I’ve paid that’. Me pregunta que a quien le he pagado, le describo físicamente al cabroncete que le pagué. El tío se pira, y me trae a un chaval casi igual pero no el mismo, le digo que ese no era y con total serenidad le aseguro que pagué a otro, que aquí no estamos para robar ni joder. Por suerte se pira con indicios de no volver más. A su vez, hacemos bomba de humo; salimos del restaurante echando ostias, hacia la carretera, para pillar un tuc-tuc e irnos lo más lejos posible. Ya eran demasiados líos en una mañana XDDDDDDDDDD

Y, gracias a todo esto, encontramos el camino a seguir. Porque, una vez más, se reafirman frases como la de ‘no hay mal que por bien no venga’. Nos fuimos a la zona donde están todos los bares, locales y zona de surf para principiantes; la mayoría de extranjeros vienen a esta playa. Y lo corroboramos cuando llegamos; apenas gente local, todo extranjeros. Jojo, se ve que nos gusta involucrarnos, nuestro hotel está en la zona local y aquí está la zona de turistas y extranjeros.

Muertos de hambre, nos sentamos en uno de los restaurantes de playa, a escasos 20 metros de la orilla. Eran las 4 de la tarde. El sol caía tras el mar, nos fijamos y vemos numerosos surfistas con su tabla, esperando olas. Mientras comemos, charlamos sobre el surf y lo que debe molar. Era tarde, pero nunca es tarde para muchas cosas. Decidimos probar el surf; queríamos saber qué se sentía. No teníamos ni puta idea, bueno yo; Antonio ya practicó un poco y me explicó un par de cosas. El mar estaba calmado  y entramos en la zona de principiantes, unas olas perfectas para el aprendizaje, y sin peligro ninguno porque el fondo es de arena y no hay corrientes fuertes.

Zampamos lo justo y sin hacer digestión nos metemos dentro, por suerte hacía mucho calor y no había peligro de corte (sí, ese mito de las madres, que dicen que después de comer tienen que pasar 2 horas para que no te pegue un corte de digestión y morir). Alquilamos unas tablas de surf por 2 euros la hora, el tío nos preguntó si sabíamos, le dijimos que no pero que no pasaba nada, que nos fijábamos en otro. Apenas nos explicó un par de cosillas y nos metimos adentro.

¿Os digo una cosa? En mi vida he visto algo tan sufrido como los inicios del surf, los primeros minutos, sobre esa plancha de fibra de vidrio, y tú intentando mantener el equilibrio para no caerte hacia los lados, mientras remas con los brazos para adentrarte en el mar, tragando agua, comiéndote olas y cayéndote una y otra vez. Pensé si realmente era tan grata la recompensa como para aguantar todo esto, esta lucha contra el mar.

Llega la primera ola, y nada, la segunda tampoco, y así. tan sólo conseguía cogerlas acostado con la panza sobre la tabla. Hasta que por fin, la última pude ponerme de rodillas. En 1 hora, conseguí medio levantarme pero antes de caerme me quedé de rodillas sobre la tabla. Mi primera ola xD

Entonces, empecé a descubrir el rollo del surf. Lo que engancha. Una vez pasas la barrera de la ola rompiendo, entras en un pequeño vaivén hasta que te vas situando para coger la ola. Mientras tanto, esperas, relajado, mirando hacia el horizonte. Sin pensar en nada, concentrándote en qué ola tienes que coger. Desconexión total en un medio totalmente natural,  nuestros orígenes, el mar.

Decir que a partir de la tercera ola y tras charlar con un surfero español que andaba de vacaciones por ahí, el cual me explicó un par de técnicas, conseguí mantener el equilibrio acostado sobre la tabla. Ya podía remar tranquilamente, y fondear esperando las olas. Eso si, ahora entendí por qué los surfistas tienen esos brazos y espalda, todo el día remando te ponen como un toro,¡¡ madre mía !!

Agotados tras nuestra increíble experiencia, ambos hacíamos alusiones a cómo empezó el día, con miedo a ser degollados por los locales y tras mil enfrentamientos, ver cómo un día de mierda puede convertirse en algo maravilloso.

Ese mismo día, conocimos a un grupo de valencianos. Nos dieron una alegría, ver a gente de tu tierra fuera mola. Mientras comíamos, un local y relaciones públicas, nos comunicó que había una discoteca con una fiesta-rave con música electrónica; no me acuerdo del nombre, pero vamos no tiene pérdida, si algún día vais, sólo hay 3 discotecas en Hikkaduwa. Les comentamos a los valencianos que fueran y dijeron que sí, que allí nos veríamos por la noche.

Camino al hotel, hicimos unas paradas de rigor en tiendas, comprando de todo un poco. Bañadores, pulseras, camisetas, etc. Dudábamos de nuestra capacidad en las maletas ante tanta compra. Llegamos al hotel y nos dio tiempo a descansar un poco, una ducha, embadurnarnos de spray anti picaduras de mosquito e ir a cenar.

Y de repente, lluvia. Y no llovió de la manera a la que estamos acostumbrados. Madre mía qué tromba de agua… increíble. En pocas palabras, el clima nos ofreció un poco de lo que era el monzón. Estás tan tranquilo, y de repente el cielo empieza a echar agua a cántaros; lo mejor de todo es que sigues con una temperatura de 29 grados y no tienes frío, pero te mojas de una manera increíble, pues no hay balcones.

Después, fuimos a la discoteca a ver qué se cocía. La entrada, oscura. Unos seguratas indicando la entrada; muy simpáticos, sería porque somos turistas y nos íbamos a dejar los cuartos consumiendo. Una casa, justo enfrente de la playa, a escasos 5 metros, con una barra, pista de baile y mesas alrededor. Una tienda para comprar cosas y unas escaleras que subían a un chillout. Y un DJ, poniendo temazo tras otro de música electrónica minimalista. Por un momento mi cerebro viajó a MetroDanceClub, en Bigastro, Alicante. Ahí estábamos, a 8000 kms de casa, de fiesta. No puedo quejarme de NADA.

Hicieron acto de presencia los valencianos, charlamos un poco con ellos, buena gente. De las chicas, nos olvidamos. Aparte de pocas, como os dije en otra ocasión, se ve que cuando se van tan lejos de su país, les gusta probar lo exótico, lo diferente. Y todos los locales guaperillas (por llamarlos de alguna manera) con el pelo teñido de rubio platino, se las llevaban de calle. Una buena noche, unos bailes, un día más fuera de casa, viviendo experiencias inolvidables. Y aún faltaba más por llegar. A la mañana siguiente, tocaba poner rumbo a Ella, un pueblo perdido, tirando hacia el centro de Sri Lanka. No sin antes pasar por algún sitio curioso que otro…

Aquí os dejo, como de costumbre, el enlace al álbum, y no os perdáis por favor el vídeo, que está a lo último de todo. Buena música. Un abrazo a todos/as.

2011-12-03 Sri Lanka – Otro dia mas en Hikkaduwa
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Un pensamiento en “Sri Lanka, el paraíso en la tierra (II) Un día más en la playa, Hikkaduwa

  1. Tío me motivas un montón a pirar en general y de vivir la vida como se debe de vivir con intensidad y espíritu de guerrero. Voy a hacer un blog de mis aventurillas en Palma de Mallorca y va dedicao al que me ha inspirado hacerlo, que eres tu.

    Best wishes!!!

    LaidoN

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